Los nuevos tiempos

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Olvidos del Rif

hablan nuestra lengua, estudian entre nosotros y guardan nuestros dni como un tesoro

Recorrí en bus el verano de 1997 el norte de Marruecos desde Melilla a Tánger en lo que fue un baño en la cultura hermana más próxima, la de los altivos, humildes y señores de sí mismos los rifeños, grandes-eternos desconocidos que, al igual que los portugueses, no conocemos más que cuando los invadimos.

Al pisar Melilla, donde el azar quiso que yo naciera, sentí una incómoda extrañeza por estar en una tierra tan similar a la nuestra pero del otro lado del Estrecho. La sensación se agigantó cuando vi, tras de las ventanillas de aquel destartalado bús que se rompía cada tanto, un paisaje tan de romero, encinas, olivos y pinares entre los riscos que, si no fuera por estar rodeado de un paisanaje todo chilabas y babuchas entre ronquidos, hubiera creído que discurríamos por cualquier rincón de la más profunda Andalucía. El largo cabello de mi novia de aquellos tiempos soliviantaba a todos añadiendo exotismo a este viaje revelador que hoy rememoro al leer sobre el levantisco pueblo amazigh (bereber) al que el castigo de Hassan II por insumiso relegó a esas carreteras sesenteras sin futuro para unos jóvenes que viven a la espera de saltar el charco hacia lo que sea.

A los españoles, missing desde los cincuenta, hasta nos añoran, pues hablan nuestra lengua, estudian entre nosotros y guardan nuestros dni como un tesoro. Debe irles demasiado mal para tenernos nostalgia, porque no les dimos salida en ese tapón-ratonera que son Nador o Alhucemas.

Estalló furiosa la frustración meses atrás contra aquel Estado-empresa que dirige cual oscuro tendero codicioso Mohamed VI. Y España, contenta con que se le quite a los negritos salta-vallas, silba y mira al cielo. También las mujeres, soporte de una economía rota, se lanzaron a las calles, pero aquí estamos más atentos al exhibicionista capitalismo gay o a las chorradas de Trump que a esta desesperada lucha de quienes mueren de olvido mientras el sur no para de construir marbellas en sus costas vírgenes, haciendo negociazos con aquellos sueldos tercer mundo, suelo de saldo y gente que ni rechista. A la falta de libertad sumas las muertes camino de los hospitales y entiendes que el grito rifeño, digno y desesperado, deber ser atendido y, sobre todo, apoyado como si fuera lo que nosotros fuimos, los olvidados.

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