El lanzador de cuchillos

Orgullo e infamia

Si Forges o Mingote levantaran la cabeza explicarían a Camilo de Ory la diferencia entre un cómico brillante y un payaso provocador

Alos mineros asturianos que se presentaron voluntarios a ayudar en el rescate de Julen, los malagueños los han acogido con cariño y no les han dejado pagar en las tiendas ni en los restaurantes; hubo incluso quien colgó una bandera del Principado de un balcón que daba a la fachada del hotel donde se alojaban, para que se sintiesen como en casa. Lo mismo ha ocurrido estos días con los bomberos y el Grupo de Montaña de la Guardia Civil, héroes anónimos que, terminado el trabajo, fueron despedidos por los vecinos con vítores y aplausos de reconocimiento. La gente llana de Totalán, que seguramente no lee a Foster Wallace ni escribe en Facebook posts campanudos sobre la última serie de Netflix, quiso honrar así a quienes se dejaron literalmente la piel por intentar el milagro de rescatar con vida a un pobre niño atrapado -y enterrado- en el fondo de un túnel.

Mientras tanto, en las redes sociales, ajeno al inmenso dolor que la desgracia de Julen provocó en todo el país, un poetita que no escribe, reconvertido en gurú del humor destroyer, hurgaba indecentemente en la herida abierta por la desgracia en la familia del chiquillo, en sus vecinos y en cualquier persona de bien.

El tal Camilo de Ory, que así se llama el interfecto, es el doble macabro de Paquito Clavel, y a falta de un oficio mejor remunerado, se dedica full time a enmierdar las redes con gracietas infames sobre niños muertos y jóvenes violadas para regocijo de tontos con ínfulas y onanistas del teclado. Como dijo un poeta que sí escribía, "mala gente que camina y va apestando la tierra". Reírse de la desgracia insoportable de un niño de dos años y de una familia pobre del sur del Sur es para el psicópata narcisista y el grupo de petardas que le hacen los coros explorar los límites del humor: usted y yo no lo comprendemos porque es material sensible, sólo al alcance de espíritus refinados y campeones de la incorrección. Así que si se le ocurre protestar o, en justa correspondencia, cagarse en su puta madre, la estrella tuitera le mandará a sus perros de presa, como la fachita cool que escribe en la sección de Familia de La Razón -debe ser trending topic en los colegios mayores del Opus- y tiene los santos cojones de llamar gilipollas, tontolabas y algunas lindezas más a toda esa gentucilla que no tiene filmin ni capacidad para comprender con soltura el pensamiento abstracto. No son buenos tiempos aquellos en los que hay que explicar lo obvio. Como, por ejemplo, que reírse de la muerte de un niño es una ruindad. Si Forges o Mingote levantaran la cabeza les iban a explicar a Clonmilo Gafapasta y a los pelotas que lo jalean la diferencia que existe entre un cómico brillante y un payaso provocador.

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