Pablo Casado, en la frontera

Quién nos iba a decir, cuando el país se apresta a malvivir peligrosamente a golpe de calendario electoral, que íbamos a abordar como asunto de interés la nueva conformación de la derecha española, cuando no hace tanto aquélla era un inmenso mar en el que cabían sin molestarse casi la mitad del electorado agrupado en torno a un catch all party de los antes. Desde el urbanita cincuentón que alguna vez en su lejana juventud votó a Felipe hasta el facha de 20-N con gomina, Marbellas y banderita en el reloj, en el que más y el que menos cada cuatro años finalmente pasaba por caja.

Mucho ha cambiado el panorama, y si Ciudadanos ya hace tiempo que se pasea cómodamente por este espacio antes vedado aprovechando los réditos indiscutibles de su sobreexposición españolista en el lío de Cataluña, ahora es Vox quien amenaza con pegarle otro bocado a la manzana, pero bajo un planteamiento totalmente distinto, pulsando algunas teclas que suenan bien a cierta derecha: aborrecimiento del Estado de las autonomías, mano dura con los separatistas, actitud inflexible con la inmigración, fuego a la memoria histórica…

A juzgar por las señales que transmite Pablo Casado en sus primeras intervenciones, diríase que el fenómeno ha hecho mella en su planteamiento, como si temiera más el peligro que le acecha por su derecha que por el centro. Creo que es un error. Si algo caracteriza a Vox es ser un partido de fronteras, que superpone la confrontación a la integración, ya sea en el terreno de la configuración del Estado, las políticas sociales o los aspectos más privados de la persona. Pese al sambenito de la derecha extrema, en realidad no deja de ser una spin off del PP, un desahogo ante cierta sensación de abandono por las políticas progres de Rajoy y Soralla, una suerte de populismo de colonia y ropa de marca con su toquecito Trump, pluma de J. Losantos y música de Taburete.

Si algo ha hecho bien el PP en su dilatada historia es albergar en su discurso a un amplio espectro de votantes, gente de la calle con sus anhelos y sus problemas. A ellos principalmente debe dirigirse Pablo Casado si no quiere que se vayan detrás de Albert Rivera, su auténtico adversario hoy. Y puestos a sacar del gimnasio a José María Aznar, siempre mejor el que consiguió hacer del PP un partido hegemónico con sentido de estado, y no el que cayó en desgracia presa de sus desvaríos.

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