señales de humo

José Ignacio Lapido

Palabras muertas

RECORDEMOS lo qué pasó en Babel. Después del diluvio, los hombres -sin haber escuchado aún a Led Zeppelin- pretendieron construir una escalera al cielo en las llanuras de Senaar. A Yahvé no le gustó demasiado la idea y en uno de esos habituales arrebatos de ira recogidos en el Génesis castigó a los emprendedores terrícolas con la confusión de lenguas. Y allí no había dios que se entendiera. Uno pedía un ladrillo y el otro le traía el Marca: un caos. Por lo tanto se abandonó el proyecto de la torre y los hombres se dispersaron por el mundo.

Recordemos lo que pasó en España. Aquí empezó a construirse la democracia cuando el Diablo -bendito sea- decidió llevarse consigo al dictador. Mal que bien las obras han ido progresando razonablemente hasta que ha llegado un momento en que algún ser superior, no se sabe si Dios, el Ángel Caído o el ectoplasma de Franco, ha condenado a los políticos de este país a no entenderse. En España, tan lejos de Babilonia y tan cerca del caos, no es que le divinidad nos haya castigado con la confusión de lenguas, es que las palabras de la lengua común han dejado de tener significado, y así el entendimiento es imposible. A raíz de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre las candidaturas de Bildu lo hemos vuelto a comprobar.

Cuando Mariano Rajoy dice que acata la sentencia pero a renglón seguido pide al Gobierno que "haga lo que esté en su mano y adopte todos los instrumentos legales para que los representantes de ETA no estén presentes en las instituciones", ¿qué quiere decir? A la manera cervantina: que se pasa la sentencia por el forro de los cojones. El verbo acatar no significa menospreciar, difamar, acusar, ni tampoco quiere decir buscar subterfugios. Pero de sus palabras sólo podemos deducir que el más alto tribunal de la nación ha permitido a ETA estar presente en las instituciones, esto es, que los magistrados del TC son cómplices de los terroristas y actúan en connivencia con ellos. Eso es lo que en el idioma hasta hoy conocido como castellano o español se entiende con esas declaraciones. Ni más ni menos.

Formalmente el Partido Popular utiliza palabras que aparecen en el diccionario, pero éstas, en su boca, ya no tienen un referente en la realidad. Acatamiento, legalidad, respeto, división de poderes, patriotismo… ellos le han buscado otro significado, espurio, por supuesto, pero otro. Y ya no hay vuelta atrás. Mayor Oreja, Aguirre, González Pons, Cospedal y toda la alegre peña dicen defender un sistema que machacan sin piedad con sus declaraciones. Tal vez inspirados por su gurú Jiménez Losantos, el Queipo de Llano del siglo XXI, quien en su línea habitual ha vomitado lo siguiente: "un sistema que funciona así no es que merezca morir sino que es necesario liquidarlo". No sabemos qué significará en la neolengua ultraderechista, pero eso hace unos años se llamaba golpismo.

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