Luis Sánchez-Moliní

Patria y vida

Mientras algunos españoles siguen inmersos en sus fantasías, Cuba lleva décadas inmersa en la tiranía y la miseria

La rebelión cubana ha vuelto a poner en evidencia los problemas con la realidad que tienen algunos políticos, intelectuales y periodistas españoles, que por activa o por pasiva apoyan a la veterana dictadura caribeña. Ignorar hoy que Cuba carece de las más mínimas libertades políticas, económicas, sindicales, sociales y culturales sólo se puede explicar desde el cinismo o la necedad. También desde un romanticismo de pachuli construido a base de letras de cantautores, épica terrorista y culto a un machote zumbado como Fidel Castro. Es desternillante ver cómo las mismas locutoras de Radio 3 que no paran de instruirnos en las bondades del ecofeminismo, después dedican suspiros de viuda a la memoria del "comandante", el barbado de verbo incansable y puro de gran calibre que convirtió la isla en un inmenso lupanar.

Sería interesante que alguien hiciese una sociología del castrismo y postcastrismo español, una espesa silva donde se unen el aprendiz de aventurero solidario, el turista marxista, el concejal rijoso y gorrón, el profesor universitario inmune al sufrimiento ajeno, el intelectualón doliente… A todos les une, decíamos, una incapacidad de comprender la realidad y ven la isla con las lentes de sus prejuicios intelectuales y sus frustraciones vitales. Algunos, también, con la bragueta. O con ese tercer ojo que no guiña, del que nos habla Quevedo, que lo mismo da. Mientras ellos satisfacen sus fantasías ideológicas y de otra índole, el pueblo cubano lleva décadas inmerso en un cóctel de tiranía política y miseria económica. Quizás la cosa podía tener su diversión con Fidel, un pícaro con arrojo, pero cuando la dictadura ha pasado a manos de un personaje como Miguel Díaz-Canel, un cachorro del régimen criado en los privilegios materiales y sociales de los jerarcas del Partido Comunista Cubano, al que ni siquiera le picaron los mosquitos en Sierra Maestra, todo adquiere un cariz aún más siniestro y funcionarial. Pura mielda burocrática y quinquenal. Un dictador vestido de hortera de grandes almacenes es siempre un fastidio.

Pese a la represión, a los detenidos y desaparecidos, la revuelta cubana nos deja un grito hermoso: "Patria y vida". Es una buena manera de oponerse a ese funerario "Patria o muerte" que ha servido de lema heráldico a la revolución de los barbudos. El patriotismo no es el refugio de los canallas, como dijo Samuel Johnson -y ha repetido hasta la saciedad nuestra izquierda-, sino una noble condición que adornó al Dante o san Francisco de Asís, como escribió Conrad. Pero sin vida nada sirve. La muerte que se la queden ellos.

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