Sine die

Plurinacional

Semejante concepto, tan indefinido como confuso, no sabemos hasta dónde llega ni hasta dónde nos puede llevar

Si uno recorre de arriba a abajo un país tan cercano como Portugal podrá comprobar que goza de una cierta uniformidad desde Tras Os Montes al Algarve. Si lo hacemos por nuestros vecinos del norte, notaremos más diferencias. No es lo mismo La Alsacia que La Provenza ni Normandía que Occitania, pero también se palpa una cierta consonancia que halla su identidad en la capitalidad indiscutible de París y en un sentimiento común expresado en los acordes de la Marsellesa. Viene esto a cuento de la reciente aparición en los medios de la palabra plurinacionalidad.

Semejante concepto, tan indefinido como confuso, no sabemos hasta dónde llega ni hasta dónde nos puede llevar. Que España es un país diverso de norte a sur y de este a oeste lo sabemos desde hace tiempo. Bien lo comprobaron los romanos cuando hubieron de vérselas con lusitanos y vascones. Lo de la variedad cultural de unas a otras regiones no hace falta que nos la expliquen. Las diferencias entre un gallego y un albaceteño o un gaditano y un ampurdanés saltan a la vista. Si esto se entiende desde un ente común la variedad es enriquecedora, pero sí se establece para marcar diferencias la cosa cambia.

La nuestra es una de las naciones más antiguas de occidente, pero al cabo de siglos todavía nos estamos preguntando quiénes somos y adónde vamos. España es una de las naciones importantes en la historia de la humanidad, a pesar de estar habitada por españoles. El cainismo y la envidia son deportes nacionales de los que ha quedado amplia constancia en los libros de arte e historia. Al cabo de los siglos no acabamos de enterarnos de que la variedad de unas regiones a otras de nuestro país es un hecho enriquecedor si se pone al servicio de un ente superior, pero es empobrecedora si conduce al aislamiento. Máxime cuando corren los tiempos que corren en los que todos dependemos de todos y el fenómeno de la globalización es un hecho real. Si no que se lo pregunten a los podemitas griegos a los que no les quedó más remedio que dar marcha atrás y dedicarse a limpiar su casa en vez de criticar la ajena.

Y es que una cosa es predicar y otra dar trigo. Cuando los cajeros griegos dejaron de dar dinero la cosa cambió. En circunstancias adversas las ideologías difícilmente se sostienen. Y es que, como decía Don Alonso Quijano, mal se lleva el peso de las armas con el desgobierno de las tripas.

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