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Porque Podemos

Las comisiones de expertos han pretendido suplir los profundos desconocimientos que padecen nuestros ministros

Decía don Álvaro de Figueroa, conde de Romanones, quien fuera, entre otras cosas, tres veces presidente del Consejo de Ministros -y no le trata la historia como a un mindundi- que cuando se desea que algo no suceda o funcione, el asunto se ha de dejar en manos de una comisión. Aquel constitucionalista, doctor en derecho por Bolonia, sabía muy bien, como político viejo, lo que había que hacer para que las cosas no sucediesen. O sí, como diría el expresidente Rajoy. Y cualquier otro gallego, también.

Hoy, como quiera que estamos en manos de gobernantes de la nación tan inseguros y en todos los sentidos, desde lo que ellos nos dicen que son, hasta lo que nos dicen que hacen -no siendo, por lo general ,verdad ni lo uno ni lo otro- el nombramiento de las comisiones de expertos, por ejemplo, ha pretendido suplir en buena medida -o al menos eso creemos de buena fe los sufridos contribuyentes- los profundos desconocimientos y desnortes -¿incapacidades?- que padecen nuestros ministros, tanto se les considere individualmente, como de manera colegiada. En realidad bien pareciera que lo que les resulta un claro denominador común, no es la noble y libre militancia en partidos que hoy son y se comportan como de extrema izquierda, que también, ni compartir conceptos en el uso de las instituciones democráticas, lo que de verdad los distingue comúnmente ante la ciudadanía, es una especie de general desconocimiento de los grandes asuntos, de esos que de verdad nos interesan a todos, porque en ello nos va la vida y hasta las haciendas, nada menos.

Poco más llegan a saber cuándo se juntan a deliberar en esos consejos de los martes que, con mucha frecuencia últimamente, suelen acabar en materias que han de matizar profundamente o han de retractarse, transcurridas dos o a lo sumo tres jornadas. Y la tormenta de la ruina comienza a cerrar los cielos sobre sus cabezas. Sobre nuestras cabezas, después de lo ya pasado.

Estamos "apañaos", que diría un castizo. Pero ellos ahí están, impertérritos, impostados como ilustres prohombres y mujeres de Estado, sin nadie que destaque, bien definido y con las ideas claras, como cabeza visible del grupo, como el que sabe el santo y seña, el que sin dudar indica a dónde y cómo hemos de ir y cuando. Perdidos, en fin.

Dos cabezas -o al menos cabeza y media- tiene esta especie de dragón de pesadilla, que, además, no asusta ni a San Jordi -dicho así, en catalán- y que, cada día, hace más las delicias de los que parecen sus irresistibles modelos a imitar, militarotes comunistas y otros dictadores de la triste Hispanoamérica sometida al hambre, a la indignidad, a la pobreza y a la indigencia material y cultural. Y todo eso, también, podría pasar aquí. Porque Podemos… ¿O no?

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