Populismo en nombre de España

Sánchez ha superado a Iglesias al deslegitimar a la Justicia siguiendo un patrón populista similar al de los separatistas

Populismo en nombre de España

Populismo en nombre de España

Este país empezó a descarrilar mientras colmaba a los separatistas de caprichos para mantenerlos a raya. Con la gran crisis, los indignados tomaron la calle y el populismo se apoderó de los líderes para ofrecer soluciones simples ante la realidad más compleja. Los separatistas catalanes se agarraron al ‘España nos roba’ para no rendir cuentas ante la gente a la que prometió un mundo feliz.

“Las leyes no pueden estar por encima del pueblo”, proclamaron Puigdemont y compañía, censurando la Justicia ante una masa enfurecida, antes de declarar la independencia. Lo que nadie imaginó, ni siquiera tratándose de Pedro Sánchez, que cambia de criterio como de canal, es que el PSOE caería en la misma tentación para imponer su voluntad, socavando la independencia judicial, en nombre de España, por supuesto.

El presidente ha superado a Pablo Iglesias deslegitimando las instituciones. Por fortuna, aún no habla con los pajarillos, como Maduro, pero a veces ejerce como si fuera el único en interpretar la voz popular. Sánchez cree que la apelación a las emociones otorga un plus de autenticidad frente a la retórica de siempre, y se expresa en el Congreso como en la barra de un bar, a carcajada limpia.

Siguiendo un patrón similar al del procés, que perseguía la desconexión con España, el PSOE y sus socios –sin algaradas, hay que decirlo– alimentan la desconexión con los principios democráticos colonizando los poderes para maniatarlos, a fin de aprobar la amnistía y un referéndum a espaldas del personal.

El Gobierno rechazó todo esto con la misma fiereza con que ahora lo defiende por ensalmo. Todos, menos el ex ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, ahora en el Constitucional, que se aparta del debate porque para salvar su dignidad tendría que votar en contra.

Lo grave de mentir por sistema es que se envenena la democracia y se dinamitan los puentes del entendimiento entre los políticos y entre estos con el personal. ¿Cómo confiar en quien no tiene palabra?

Cuanto más se justifica Sánchez, más lo empeora. Si el PP no trabajara a tiempo parcial para Vox y Abascal no hiciera lo propio con el PSOE, otro gallo cantaría. Y mientras que a la mayoría de la sociedad le hierve la sangre manifestándose en la calle contra una amnistía perversa, por la gatera nos cuelan lo importante.

El pacto con los nacionalistas vascos, que tendrán la última palabra antes de aplicar en su territorio las leyes que afecten a sus competencias, es sólo una más. Entretanto, el PP andaluz, para no ser menos, se muestra dispuesto a apoyar el traspaso de los Cercanías a Andalucía. Como si no tuviese bastante con las listas de espera.

Bajo este disparatado escenario, Felipe VI inaugura la legislatura entre la impotencia y el asombro, apelando a los acuerdos del 78 para legar una España unida, a sabiendas de que si fuera por los socios del Gobierno, locos por vaciar de competencias al Estado, siguiendo la ruta de Zapatero, de buena gana le dejarían sin reino.

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