Me encuentro entre aquellos que hemos tenido que adaptarnos al mundo digital, por necesidades de trabajo, con mayor o menor éxito y con más o menos entusiasmo. Tengo que convivir con jóvenes digitales que, probablemente, no sufren la angustia que tengo que disimular cada vez que aparece una nueva versión del programa de ordenador, o cuando mi querida UGR me indica que tal gestión tiene que realizarse exclusivamente "on line", aunque luego me terminen pidiendo la firma en papel. Claro, eso me pasa por no tener la firma digital en todos los sitios.

Últimamente me pregunto si alguno de los estudiantes que asisten a mis clases no me estarán grabando, utilizando las tecnologías que nos caben en un bolsillo, para luego repasar mis disertaciones. En mis clases suelo introducir alguna ironía y comentarios más o menos políticamente incorrectos para abrir paso a comentarios o críticas sobre la pretendida neutralidad de la ciencia. En todo caso les advierto desde el primer día, en esa clase inaugural en que alargamos el tiempo hasta llegar a explicar las formas de evaluación de la asignatura, es decir lo (único) que realmente están interesados en ese día, que yo suelo ser bastante irónico en mis explicaciones. Y espero que eso quede bien grabado.

Podría ser que algún estudiante poco satisfecho por su calificación acabara cumplimentando su queja ante cualquier instancia con un corte y pega de mis afirmaciones en aula, y ya saben ustedes que eso de filtrar grabaciones tiene mucho tirón mediático.

Empero siendo positivo podría solicitar amablemente que me grabaran todas mis clases para posteriormente montar unos "podcast" bien enrollados y subirlos a las plataformas al uso y con ello tendrán mis estudiantes sus repasos a mano. ¿Y no podrían servir para el curso siguiente? ¿O podría tener las grabaciones a mano para cuando mi querida UGR me demanda para las múltiples tareas de gestión que se solapan con el horario de mis clases y colocar una clase enlatada?

Seguro que los compañeros que te tuercen el entrecejo cuando les dices que tienes clase y que te saltas una reunión estarían muy contentos con ese invento. Claro que una clase así, en diferido, perdería los comentarios del momento y las ocurrencias siempre geniales de cada nueva de generación de estudiantes. También se perdería ese nervio de la noche anterior al primer día de clase cuando te preguntas qué de nuevo encontrarás en el curso; pues, aún treinta años después de la primera clase, sabes que cada estudiante es un nuevo reto, un nuevo espíritu a conquistar para el estudio y el trabajo. Vale.

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