Señales de humo

José Ignacio Lapido

Punto en boca

DESPÚES de contemplar a Bernat Soria dando explicaciones -es un decir- sobre lo del aceite de girasol, he comprendido qué significa la palabra incompetencia. A un ministro del Gobierno de España creo que se le puede exigir, al menos, que sepa hilar dos palabras seguidas sobre un tema que le concierne, máxime si éste ha creado cierta alarma en la población. Cuando terminó su atolondrado parlamento ante los micrófonos yo no sabía si tenía que tirar por el váter las existencias de la mencionada sustancia oleaginosa o si, por el contrario, era bueno que me tomara un lingotazo de ese líquido viscoso mezclado con ginebra antes de acostarme. Así de claro fue en sus explicaciones. Y no han tardado en pedirle la dimisión, auque no debería abandonar sus responsabilidades: aún puede darnos muchas tardes de gloria.

Lo cierto es que históricamente el aceite, en sus diversas variedades, ha sido la piedra de toque para calibrar la ineptitud de los ministros de Sanidad de la democracia, de UCD, del PP y del PSOE. Jesús Sancho Rof se llamaba el titular de ese ministerio que atribuyó a un bichito el origen de la intoxicación masiva de la colza. Y se quedó tan pancho. Otra damnificada del aceite, esta vez de orujo, fue Celia Villalobos. Esa sí que hilaba palabras: hablaba hasta por los codos. Creo que antes de ser ministra era tertuliana. Se notó: su capacidad para meter la pata llegó al preciosismo.

Estoy convencido de que lo peor que le puede pasar a un ministro -además de que se le cruce en su camino un aceite de la semilla que sea- es que se tengan fundadas esperanzas en su gestión. Que venga del mundo privado con un buen currículo o que sus intervenciones en la vida pública previas al nombramiento hayan tenido un eco positivo en la prensa. Hay ejemplos para dar y tomar. Bernat Soria mismo. Antes de ministro, era un reputado investigador, y ya lo ven ahora: de las células madre a la fritanga inconexa. Moratinos, antes de hacer enterarse por la prensa de la liberación del pesquero secuestrado en Somalia, salía cada dos por tres en los telediarios ejerciendo de prestigioso mediador de la ONU o algo parecido. La decepción no ha podido ser mayor.

Lo mejor es no abrir la boca o hablar con la boca cerrada, como Solbes. De ese modo las declaraciones quedan envueltas en un halo de esoterismo que deja desconcertados tanto a la prensa como a los ciudadanos y nadie es capaz de pedir responsabilidades.

Ya que, gracias a Dios, el que tenemos ahora es un gobierno laico, no sería pertinente pedir que los ministros se aplicaran la regla benedictina de conducta, pero el ora et labora bien puede cambiarse por el calla y curra.

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