Los nuevos tiempos

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Un Quijote con raqueta

Maravilla ver a alguien que lucha por ser mejor que la versión de sí mismo; es la mística Nadal que emociona

Lo de Nadal ha pasado a ser la poesía épica del tenis. Parece un relato de héroe clásico pero mejorado cuando constatas que lejos de ser una ficción es una historia real con estas veintiuna ocasiones en las que nos levantó del sofá para darle la ovación que se merece.

Es ya un lugar común la nobleza de vida y de carácter de un hombre sencillo y gigante que nunca se rinde. A todos nos inspira en la mediocridad de nuestras vidas ver a este esforzado currante de las pistas superar lesiones dolorosas, apurar puntos que todos darían por perdidos, darlo todo en la pista y en la vida cuando ya está todo demostrado, cuando bien podría convertirse en uno más de los que miran la vida en lugar de protagonizarla.

El tenis es la excusa de este guerrero de la vida para enseñarnos cómo la fuerza de la voluntad sumada a la fe y al espíritu dan para alcanzar un objetivo si vuelves una y otra vez aunque todo apunte a que mejor ya si lo dejas. Es ahí cuando Nadal regresa y vence.

Agrada ver cómo nos demuestra que el dinero o la celebridad son solo una parte de la victoria. Por dinero no se sufre tanto si ya lo conseguiste todo. Maravilla ver a alguien que lucha por ser mejor que la mejor versión de sí mismo. Es la mística Nadal que emociona y mueve a la emulación o al menos al aplauso.

A Nadal ni le alcanzan las envidias. Es tan rotunda su bonhomía y su fidelidad tan llana al compromiso que sólo puedes quitarte el sombrero y dejar que tu mezquindad enmudezca. Todos reconocemos la grandeza porque todos la tenemos al alcance de la mano y elegimos casi siempre la comodidad del sofá de la conciencia. Él, sin embargo, se levanta del sofá y alcanza el sueño.

Hay algo de Quijote en este mallorquín que solo quería jugar al tenis. Ese espíritu indomable a pesar de que le asaeten por todos lados las lesiones; ese volver una y otra vez a entrar en liza sin más razón que la mente puesta en un ideal que solo está en su cabeza; ese ser fiel a los suyos y nunca abandonar el terruño por muy lejos que le reclamen las gestas; y su Dulcinea, claro.

Son tan clásicos los valores que encarna Rafa que muchos dirían que si no existiera habría que inventar a un Nadal que nos permita mirarnos en un espejo donde vernos más altos, más lejos y más claro. Porque en el espejo de Nadal todos nos vemos mejores. Y le aplaudimos. Y le damos las gracias.

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