El río de la vida

¡Quillo, echa la maroma!

Me cuentan que hay un aluvión de ingleses que se están acercando a los ayuntamientos de la Costa a empadronarse

Inglaterra, ese país que formó un imperio con la idea de fueran otros los que le sirvieran el té, ha puesto en un brete a sus súbditos que viven en nuestras costas. Sabedores de que aquí hay mejor sol y que su sueldo de jubilados lo pueden estirar hasta la segunda quincena del mes siguiente, muchos ingleses apostaron en otros tiempos vivir en España para cenar paella con sangría a las seis de la tarde y salir en mangas de camisa en pleno mes de enero. Ahora, como digo, tienen un grave dilema cuando allí en la isla se ha votado la salida del país de la Unión Europea. Me cuentan que hay un aluvión de ingleses que se están acercando a los ayuntamientos de la Costa a empadronarse. Desde que se dijo que el brexit iba en serio, más de cuatrocientos británicos se han empadronado en Almuñécar y otros tantos en Salobreña. No es que quieran ahora pagar impuestos municipales, es que si no lo hacen no tendrán derecho a seguir utilizando nuestra Seguridad Social, para ellos mucho mejor que la de su país, en donde les cobran las operaciones de cataratas, el tacto rectal y todo aquello que sale de la receta del médico. Si se nacionalizan españoles, ganarían ser usuarios de la Seguridad Social, pero perderían sus pensiones, por eso han encontrado la rendija del empadronamiento. Los que quieran nacionalizarse para seguir beneficiándose de nuestra sanidad, tendrán que pasar un examen de español.

Conozco a muchos ingleses que a pesar de llevar más de diez años viviendo en nuestra costa, no saben decir ni buenos días en castellano. Ellos, como buenos imperialistas, siempre han creído son otros los que deben aprender inglés y no ellos aprender otras lenguas. Pero ahora no tendrán más remedio que adaptarse a las circunstancias y deberán dar clases de español para que no les pase a lo que aquel inglés que paseaba por el puerto de Motril y un marengo que se acercaba desde el agua con su barca le pidió que le echara la maroma. "¿What?" -contestó el inglés sin entender ni papa. "Quillo, que eches la maroma", le repitió a voces el motrileño señalando la cuerda de amarre que estaba en el suelo. ¿What? -repitió el inglés. "Vamos a ver... ¿do you speak english? -preguntó el marengo. "¡Yes!", contestó eufórico el inglés. A lo que el motrileño respondió: "¡Pues echa la maroma, joder!".

Dios salve a la reina y a los jubilados ingleses.

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