Los nuevos tiempos

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Redescubrir lo real

Ojalá la nueva normalidad fuera ese silencio de las calles donde poder contemplar detalles desapercibidos

Después de meses centrados en lo íntimo ahora toca recomponer las percepciones de lo que está ahí fuera. Pero está el personal regulín. A cualquier cosa salta aquí o allá la chispa, más que nada por lo forzoso del encierro, la imposición de normas exprés y lo vacíos que están los bolsillos. Así, un paseo por el centro resulta ahora aún más desolador que en el pasado febrero, cuando ya los cierres de comercios eran noticia, desbocado turismo trituradora ante la pasividad cómplice de los que debieran ponerle brida.

Por ver qué tal es esta nueva normalidad tan cacareada me daba un paseo por donde antes solía ir de bullicios varios esquivando turistas y sin poder entrar a casi ningún sitio. Pues sí, ojalá la nueva normalidad fuera ese silencio confortable de las calles donde poder volver a contemplar detalles desapercibidos o saludar a conocidos que, aún enmascarados, te arquean las cejas y sonríen con los ojos y tú te alegras aún más de ver que todo les ha ido bien. Porque, esa es la cuestión clave: estamos vivos. Pero se nos olvida. Pronto pasa el repullo y ya volvemos a fruncir el entrecejo y a exigir a todo y a todos que nos traten como a niños mimados. No tenemos remedio.

En plaza Aliatar había dos terrazas con mesas distanciadas y ocupadas. Esperamos un poco y nos limpiaron y desinfectaron el lugar a ocupar y en nada ya estabas servido. Allí un cantaor conocido; allá un grupo de chicas con media cabeza afeitada y piercing hasta en las cejas; y también algunas parejas felices según se veía. Respirabas. Disfrutabas las reencontradas berenjenas con miel de tapa y escuchabas hasta la fuente derramar su agua constante que todo lo lava. Sentías latir un albaicín rescatado de la presión de los coches que todo lo fagocitan, un barrio que invitaba al regodeo del flaneur hasta en un mirador de San Nicolás donde incluso había hueco para contemplar tanta maravilla. Increible pero posible a poco que se impusiera esta necesidad de espacio para la vida sin la presión insoportable del vende-vende y sigue corriendo por el correr mismo.

A punto está uno en momentos así de pensar que es posible el cambio. Pero razonas y ves el espejismo. La máquina necesita devorarnos y Saturno acechaba ya en el horizonte de regreso por la rugiente Gran Vía.

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