El niño del rollo

Romanilla Center

Defendamos las periferias todas de la voracidad de los centros

La Plaza de la Romanilla se llama así por la romana que usaba la gente para comprobar si le habían engañado en el peso cuando compraba en los mercados cercanos. Ahora es más conocida porque allí está el Centro García Lorca. El Plan de Turismo que se ha presentado hace poco incluye la remodelación de la plaza y la colocación de una estatua del poeta. Debería alegrarme, porque vivo cerca, pero no me parece justo. El Centro Lorca, que es el Centro del centro, se ha tragado, como un agujero negro, más de 21 millones de euros solo para su construcción. Si pensamos en distribuir riqueza y ordenar el turismo, ahora tocaría, por ejemplo, convertir los valiosos restos romanos de la calle Primavera en un atractivo turístico del Zaidín. Quienes proponen agrandar el agujero negro olvidan que la fuerza irresistible que arranca recursos de pueblos y barrios y los concentra en los centros es la misma que se lleva recursos y talento de ciudades pequeñas como Granada a Madrid o a Nueva York.

Newton creía que era necesaria la intervención divina para evitar que la gravedad se impusiera a la inercia y los planetas acabaran estrellándose contra el mismo Sol que rodean con elegantes órbitas elípticas. El capitalismo sin control produce esa universal tendencia centrípeta, igual que la obnubilación ideológica ha producido centralismos llamados democráticos y temibles comités centrales. Sin una resuelta acción política, la fuerza gravitatoria de los crecientes agujeros negros acabará produciendo megaurbes de pesadilla rodeadas de desiertos empobrecidos. Necesitamos que los pueblos se resistan a desaparecer, que Granada proteste frente al centralismo sevillano, que Andalucía luche contra el centralismo madrileño y que España se enfrente a la concentración del poder financiero en Londres o Frankfurt. Reivindiquemos que los trenes circulen por el Corredor Mediterráneo en vez de pasar todos por Madrid, aplaudamos la propuesta de Castells para que los jóvenes puedan estudiar sin abandonar sus pueblos, defendamos las periferias todas de la voracidad de los centros.

La calle Isaac Newton no está en el centro, sino en Armilla. El centro Lorca está en la Romanilla pero, si las tendencias no cambian, podría acabar en Manhattan, contemplado por la estatua triste del poeta en Nueva York. En la Romanilla dejarían entonces algún instrumento con el que la gente de provincias pueda medir la magnitud del engaño.

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