Con muy escaso público se vieron favorecidos el pasado domingo los espectáculos del FEX que se celebraron a la misma hora en que la selección española de futbol, luchaba por salvar la "honra nacional".

Lo cierto es que de antemano se trataba de una batalla perdida. El combate no podía ser más desigual. Eran dos emociones frente a frente. La fuerza de la pasión de ese único, pero concluyente ¡Goooooooooooooooooool! exclamado, gritado, chillado, proferido y yo diría que hasta casi llorado con desgarrada voz por los locutores españoles que nos narraban las incidencias del encuentro,frente a la serena delicadeza de la música. Era un desproporcionado cuerpo a cuerpo entre el imperioso deseo de que el orgullo patrio, arropado en la bandera, saliese triunfante, repitiendo aquel mítico gol con el que, cuarenta y cuatro años antes Marcelino nos proporcionase la gloria y el sereno placer que al espíritu proporciona la recreación de la música.

Según quien lo enjuiciase, lo del domingo era el premio gordo frente al reintegro. El ardor enardecido y alimentado por deseo ciego del triunfo, frente al sosegado deleite que proporciona el enriquecimiento del espíritu. La guerra a muerte -la gloria del triunfo o el dolor de la derrota- frente al éxtasis de la contemplación. Agotarse en la contienda o confortarse en la abstracción. Por necesidad -no porque lo deseáramos- hemos vivido cuarenta y cuatro años de la gloria del gol de Marcelino.

Ahora, del de Torres -esperemos que sean menos- serán los que los hados tengan previsto. Pero el éxtasis que puede proporcionar un instante en la música, es un don divino que puede convertirse en una eternidad.

El gol de Torres que nos ha convertido en campeones de Europa ha sido fruto de la habilidad, la fe en el triunfo, la dedicación, el sacrificio y el esfuerzo. La belleza de la música, proporciona la más alta dignidad del arte. Un goce íntimo e intransferible, que no se extingue en sí mismo, sino que, al igual que fértil semilla, hace germinar en el corazón una fecunda cosecha de hermosas emociones y delicados sentimientos.

Al contrario que la lucha por el triunfo que implica la competición, la música proporciona la comunicación entre los espíritus, la concordia y la armonía que jamás podrán proporcionar las palabras, con frecuencia tergiversadas, malinterpretadas, cuando no perversamente e intencionadamente manipuladas.

Y es que la música alza su vuelo por encima de las palabras y de la competición deportiva, asentándose en nuestro interior, al margen de creencias o ideologías, colores de piel, culturas y clases sociales.

Y es que con frecuencia, la música es la única respuesta posible para muchas de nuestras preguntas.

La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo.

Platón

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