La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Servir al país

Los políticos sin desmanes ni negocios oscuros escasean, pero salvan a la casta entera de esta desilusión general

Entr la ciudadanía anda instalada la idea de que los políticos, así en general, tomados como casta o establishment, con sus guardaespaldas y privilegios desde donde miran desde arriba al común de los mortales (nosotros), llegan a la cosa pública más que para servirse del país. Ellos lo niegan y claman su amor por nosotros, en quienes dicen que piensan a todas horas en busca del 'bien común', también así, en general, abstracción de la que ellos serían sus intérpretes.

Sucede que 'los demás' (nosotros) tampoco nos chupamos el dedo aunque suframos con paciencia y resignación la almorrana que puede llegar a ser cada político-bajuno hasta que abandona el puesto y deja de mal gestionar las cosas, que es lo que suelen hacer mientras que los técnicos (los que no cambian y les ven pasar como peleles) van arreglándolas. Desarrollamos (nosotros) una sabiduría popular a poco que pasan los años con la que nos permitimos interpretarlos hasta saber que los que más se dan golpes de pecho y más dicen llegar para cambiarlo todo son los que más se lo llevan calentito.

Véase si no a Felipe González enyatizado y con morenazo tono caribe o al 'tableta' Aznar, ahítos de pagas vitalicias y de cargos en consejos, personajes del baúl de los plutarcas que sestean a la espera de soltar una boutade hasta nuevo aviso. Dan pena.

Hay excepciones, claro. Véase a Julio Anguita, el califa profeta, con su cara a punto de soltarte un grito con toda esa ira acumulada de lo mal que lo hacemos mientras que él ostenta la verdad absoluta; pero, iras aparte, ni un desmán, ni un negocio oscuro. Escasean pero los hay y son los que salvan a la casta entera de esta desilusión general.

Los políticos tipo 'alta política' saben que no solo deben ser honestos sino parecerlo. Hay que repetirlo mucho esto, pues los políticos son actores en la vida real y deben manejar la escena. Cobran por ello. De ahí la desilusión general con el último que venía a cambiarlo todo y ha acabado cambiándose a sí mismo al 'casoplón' tipo Hola! cuando venía a arramblar con los cortijos.

De ahí que de gusto ver a Rajoy casi feliz de dejar palacios y prebendas para volver al terruño. Siempre supimos que, al menos él, era honesto. Tal vez era el único. Y, además, siempre pareció el servidor fiel que ha sido.

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