El duende del Realejo

Solo es cuestión de precio

Es tiempo de anticuarios, tratantes y cahamarileros. Vamos a hablar sobre cuanto vale y a vender lo que haga falta.

Los coros que de angélicas y atipladas voces se elevaban, desde las bóvedas conventuales de las dominicas de Santa Catalina de Siena, por los pequeños ventanales de los viejos claustros, en el granadino y castizo barrio de El Realejo, fueron el estereotipo, sí, la imagen fija forjada y el sonido de siglos en el rezo de las vísperas o cualquier otro de horas, cuando las monjas de clausura de todos los cenobios del barrio, a la llamada de las abadesas, acudían prestas al rezo vespertino en cuyas partituras, en cuyos versos se sumergían, alabando al Creador, abstrayéndose de la obscuridad del coro, como si de tranquilas albercas del espíritu se tratase, acompañadas sus voces de los nobles sonidos que salían de los tubos, por los diversos registros, en los órganos que sonaban, solemnes, ceremoniosos, llenos de litúrgica majestad e inundando los espacios abiertos y limpios, por las cuestas empedradas, por encima de la calle de Damasqueros, derramándose, quizá, entre los callejones de Hospicio Viejo o de Honda.

Causó profunda preocupación y hasta estupor en el vecindario, la noticia que -al principio incrédulos- leímos en los medios de Granada, de cómo ya se había cerrado la venta de ese instrumento rey del ya vacío convento de Santa Catalina y se preparaba su inminente traslado a la portuaria Sevilla y en la capilla de su Real Maestranza, habría de ser instalado.

Pero no paró ahí el asunto. No se trataba -sólo- de una migración instrumental. ¡Que va! Otro de los conventos del barrio de Los Gueñúos -seguimos en Granada- el recoleto de Las Vistillas de Nuestra Señora de Los Ángeles, Clarisas franciscanas de la calle de los Molinos y que fundase el comendador santiaguista Rodrigo Ponce de Occampo y su mujer -¡claro que sí!- su mujer, Leonor de Cáceres, en 1540, se quedaba al cabo y término de casi los quinientos años con las celdas vacías y el coro huérfano de tocas rezadoras: la soledad y el silencio daban paso al abandono de estancias, muebles, imágenes de gubia y de pinturas, libros, vasos sagrados, grabados, documentos en papeles verjurados y tumbas de devotos piadosos, cargado todo de siglos, leyenda y oración, para dar paso al puro y frío negocio de venta y traslado. Al cierre, el olvido y la desacralización de esos templos que otrora albergaron profunda devoción y fuerte escalón de fe. No es motivo de orgullo para la mitra… No.

Ahora que ya no se reza, es tiempo de anticuarios, tratantes y chamarileros. Vamos a hablar sobre cuanto vale. Y vamos a vender lo que haga falta. ¿El suelo?, sí, también, con los muertos y las tumbas incluidas, ¡qué más da! Y los cuadros. Y las sillas. Aquí, en Madrid, en New York o en Sevilla.-¿Santa Margarita, dice usted? Sí, señor, tenemos una pieza preciosa, de Los Mora. ¿Le tiene fe?-No, ¡que va!, sólo es cuestión de precio. Seguro que nos ponemos de acuerdo! ¿O no?

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