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Sor inés y un pésame

Estos crímenes, como el de sor Blanca Inés, decapitada una aldea africana, han de tener otra relevancia

La han asesinado, ya está. O debería decirlo de otra manera: la han asesinado, ¿ya está? Pareciera que cuando es asesinada una monja, o un misionero, que dedica su diario a educar a niñas y niños en aldeas que ni siquiera se ven en el mapamundi, su muerte formara parte de la obra humanitaria. No debe ser así. Estos crímenes, como el de sor Blanca Inés Sancho, decapitada en la aldea de Nola, de la República Centroafricana, hace una semana, o la del misionero Fernando Hernández, acuchillado por un cocinero despedido de la obra de los Salesianos en Burkina Faso, en mayo, han de tener otra relevancia. No puede ser que unos crímenes nos afecten más que otros dependiendo de si son personas dedicadas a la obra de la Iglesia o de otra ideología. Si así nos afectan las muertes violentas de aquellos, sin duda vive en nosotros una falsedad que tampoco hará creíble el dolor por los muertos con los que empatizamos. Es de justicia moral la valoración de lo que aportan estas personas que renuncian a su vida para hacer la de otros más feliz. Sí, digo feliz. La felicidad está en que criaturas a las que les ha tocado nacer en una aldea africana declarada por la ONU en 2018 el país más pobre del mundo, ella los amara en cada gesto. El petróleo, oro y diamantes que brotan de las entrañas de su tierra no son alimento ni trabajo para ellos. Esas personas cubren sus cuerpos con camisetas de colores, donadas. Sus casas, son de pobres bloques de adobe que permiten filtraciones de agua por lo que cualquier mísero colchón, o parecida pieza que amortigüe sus sueños, están siempre podridos. Suelos de barro mal apelmazado y atravesados por infectos charcos perennes hacen que los pies de esos niños jamás tengan la planta limpia. No hay agua corriente, que buscan en viejos cubos de plástico, de la manguera solidaria. En ese mundo donde una escuela es un techo de paja vivía sor Inés. Una mujer que optó por raparse el pelo para ahorrar molestias y faroleos, que sus ropas eran sólo para taparse y que nada era prioritario para ella, sino para las niñas a las que enseñaba a coser. Su casa, convento, era el hogar también de mayores a los que orientaba en un sinfín de problemáticas cotidianas que les mantienen en el permanente equilibrio entre la vida o la muerte. Ese aire peligroso respiraba para vivir sin temer más riesgos. Una vida valiente, 450 vidas valientes desde el año 2000, de católicos que parecen, que mueren como si su crimen se perdonase con un simple pésame.

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