La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Suicidio colectivo

Hubo un tiempo en que un hijo, nieto o hermano se pasaba a vigilar que no olía a muerto. Ahora están de erasmus

Seguimos batiendo récords. Ahora es el de la natalidad inversa, es decir, que hemos vuelto a los índices de nacimientos de la posguerra, los de 1941. En aquel tiempo se hacía la guerra en vez del amor y todo eran muertos en los campos y las cunetas. Ahora se hace mucho el amor pero de un modo profiláctico sin resultado de niños. Según los estudios, ni pagando por hijo se lograría invertir la cifra de tener más muertos que recién vivos en un país que ya va camino de alcanzar a Japón en el ranking de viejunos viajando a Benidorm con el Imserso.

Los niños están mal vistos. Para la gente cool son un estorbo frente a la necesidad de viajes y consumo cultureta; para los curritos, una insoportable carga más a mantener en casas con economías ya bastante justas; parir se va convirtiendo en un lujo para ricas o para emigrantes aspirantes a subvenciones. La responsabilidad de continuar la especie es asunto de bolsillo.

En los usos sociales la tendencia discrimina a las madres. Si dan el pecho, malo por impúdico siendo algo tan natural, adonde vamos a llegar. El sentimiento maternal (ellas paren, ellas deciden, dicen) va siendo un mito romántico-poco práctico frente a la necesidad de fuerza laboral de un sistema en el que los niños son gasto superfluo, una distracción ociosa que resta horas productivas a los adictos al trabajo, a los que ahora se suman las adictas. Nada mejor para las empresas que estos curritos con la soledad esperando en casa.

La familia, esa reliquia del pasado, es una atadura incómoda a la que sólo se vuelve, de mala gana, por Navidad y funerales (celebraciones en franco declive).

Conforme envejecemos y sin relevo generacional, aumentan los casos de gente que muere sola en casa. Hubo un tiempo en que un hijo, un nieto o un hermano se pasaba a vigilar que no olía a muerto. Pero ya los pocos jóvenes que van quedando están de erasmus o de ocio activo. Nos queda la tele, que Netflix ya se ve en Imagenio, al menos, rodeados de gato-hijos e hijos-perro que no van a rechistarnos nunca.

Siendo un problema individual, se va tornando colectivo. Y no se da con la tecla. A ver qué hacemos en tanto nos morimos aparte de prohibir niños en los restaurantes o abrir hoteles sin niños. Quizás la cosa empiece por recordar que llevamos aún un niño dentro.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios