La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Tatuajes

El tatuaje puede ser el lienzo en que mostrar la quebradiza coherencia de nuestras vidas

Siempre tuve reparo a hacerme tatuajes. Eso de insertar tinta en tu propia piel y dejar ya por siempre una imagen indeleble -un Amor de madre o un Adelina te amo-, de la que igual un día abominas me da cierta angustia. Tampoco sabría qué imagen elegir. Quizás, ya puestos, me tatuaría en lugar discreto (el omóplato, la nalga, el tobillo) el hexagrama ch'ien, que me salió hace 25 años cuando consulté al oráculo del I Ching si dedicarme a la escritura. Me disuade que quedaría como un código de barras boca arriba. Igual un día si, yo qué sé.

Cuando observo la moda dominante me desanima tatuarme nada en la piel. El tatuaje tuvo en tiempos un cariz portuario y tabernero, carcelario, de outsider fuera de los rigores bien pensantes del dócil burgués. El tatuaje estaba mal visto entre la gente decente que denostaba una excentricidad habitual en lupanares o cuarteles. Lo tachaban, como tantas cosas que hoy son comunes, de vulgar, de "ordinariez".

Cuando hoy la farmacéutica o el funcionario muestran sus tatuajes sin rubor y con orgullo de ir a la moda del mercado de la piel, las tornas se han invertido. Ahora se diría que la rebeldía, lo singular y exclusive, fuera lucir la piel incólume, lejos de los muros grafiteros en que muchos han convertido sus brazos y pantorrillas. Algunos aparecen saturados de tinta en los que se hace difícil leer palabras o dibujos. El sentido de la medida era el patrimonio del buen gusto, aquello del menos es más, también en garabatearse la piel.

Busco ahora, al contrario que hace 30 años, las pieles limpias de tinta para disfrutar en la contemplación de ese brillo límpido del colágeno y su lozano fulgor tan puro, destellos de libertad que huye de la tinta.

Pienso, ya puestos, en qué político de los que hoy padecemos sería capaz de tatuarse las siglas de su partido en la piel. Sería un alarde de coherente voluntad de ser fiel a un ideario y a unos principios, actitud en política tan escasa de ver. Quizás ninguno osaría.

En tiempos de impermanencia, el tatuaje puede ser el lienzo en que mostrar la quebradiza coherencia de nuestras vidas. Lo eterno es ya sólo un eslogan. De ahí el solapamiento de tatuajes que ya se ven por doquier.

Me volveré a pensar lo de tatuarme uno pequeño en mi homoplato. Molaría probarme lo fiel que le puedo llegar a ser.

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