¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Tipuana mía

¿Por qué nadie le canta a la tipuana ¿Quizás por ese manto gualda de mal fario que deja sobre las aceras

Tradicionalmente, los poetisos de la ciudad eran fervientes partidarios del azahar. Por eso, quienes quieren epatar a la sevillanía más militante llaman a la aromática florecilla del naranjo “la caspa de Sevilla”. Probablemente tenga una explicación freudiana que los que más usan esta expresión tan divertida como injusta son gentes que pasaron su adolescencia coleccionando estampitas de imágenes titulares o silbando marchas procesionales cual aves canoras de la Cuaresma, pero que un día vieron la luz de la modernidad y abrazaron el discurso de la “Sevilla cateta” y otros tópicos no menos relamidos que los ripios de algunos pregoneros de las hermandades de Gloria.

El azahar, que llegó a Sevilla de mano de los moros y tuvo su primera morada en el Patio de los Naranjos del Salvador, parece que ha dejado de estar de moda. Ahora, lo que gusta a la Sevilla más lírica son las jacarandas, un árbol que no llegó a los espacios públicos de la urbe hasta la Exposición de 1929 (dicen que las dos primeras que se plantaron son los inmensos ejemplares que montan guardia en la puerta del Pabellón Real de la Plaza de América). Debido a sus grandes dimensiones, la jacaranda es un árbol más periférico que el naranjo, el cual parece especialmente diseñado para el estrecho callejero del Casco Antiguo. A las jacarandas solemos verlas en los parques y las grandes avenidas. Es decir, es el árbol lírico del ensanche sevillano, el purgatorio al que, por distintos motivos (el turismo es el último), los sevillanos nos hemos ido mudando desde los años sesenta hasta la actualidad. Cuando llega mayo y las jacarandas empiezan a echar sus hermosas flores de color azul violáceo el genio de los hispalenses con pluma y tinta comienza a inflamarse, pues es el moraíto una tonalidad que gusta en demasía al ciudadano más identitario, tanto como a las inglesas ñoñas y a los curas preconciliares. Hasta algunos de nuestros escritores más brillantes, ácidos e inconformistas, se dejan llevar por ese delirio enmorecido.

Sin embargo, nadie parece atender a las tipuanas, árbol también fabuloso y abundante en nuestro extrarradio, que en estos días inaugurales de junio explota en millones de florecillas amarillas. ¿Por qué nadie le canta a la tipuana? ¿Quizás por ese manto gualda de mal fario que deja sobre las aceras? La tipuana viste con su sambenito a la Sevilla del primer verano y cubre las calles con un tapiz de sol que nos recuerda que, aunque esté lloviendo, hay que ir sacando el bikini del altillo. Y eso merecería un poema. Yo, tipuana mía, no te olvido. Y para ti son estas líneas apasionadas. Que le den al morado de las jacarandas.

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