El balcón

Torra, torero

Subalterno de Puigdemont, diestro sin facultades con mal carácter, su tremendismo ha hecho escuela

Ahí lo tienen en las fotos, eufórico, vitoreado por vía Layetana, como un torero triunfador. Torra se ha salido con la suya y ha sido inhabilitado como presidente. No es ninguna víctima, es lo que quería. Cuando decidió que se aburría, o quizá se diese cuenta de que no valía para el cargo, se empeñó en emular a los ídolos del ultranacionalismo catalán. Quería entrar en la categoría de "represaliado", donde afirma que hay 2.050 personas. Pero se cuidó mucho de que su delito le obligase a huir o a acabar en la cárcel. Así que el buen hombre buscó el mínimo incumplimiento legal para provocar su propia inmolación y así entrar casi de balde en la nómina de héroes de la república virtual.

No estaba dispuesto a grandes hazañas. De ahí el affaire de la pancarta, su empecinamiento en no retirarla y su insistencia ante el Tribunal Superior de Cataluña de que había desobedecido a conciencia. Claro está que su inmolación es de baja intensidad. Se libra de un cargo que le pesaba y del que sale con más pena que gloria, pero se queda con un retiro dorado. Una oficina de representación con tres personas a su servicio, una dotación presupuestaria para gastos, coche oficial con chófer y servicios de seguridad. Una paga de 140.000 euros como indemnización y 92.000 euros de pensión vitalicia cuando llegue su jubilación. La república será virtual, pero la pela es la pela. O como le diría Manolito a Mafalda: "El dinero no es todo en la vida, también están los cheques".

Cuco Cerecedo sostenía que los toreros sin facultades suelen tener mal carácter y Torra no es una excepción. De hecho él es un subalterno sin ambiciones de la cuadrilla de Puigdemont, que se quedó de primer espada por la espantada del ruedo ibérico de su señorito, instalado en un barrio de ricos al sur de Bruselas. El antiguo peón, que ahora consigue vítores, sigue en la brecha: presenta recurso ante el Constitucional español como paso previo para acudir a los tribunales europeos en busca de una complacencia que le niega la realidad.

Lo peor de estos toreros de opereta es que crean escuela. Ahí tienen a la presidenta de Madrid reclamando su hecho diferencial y exigiendo un trato privilegiado, dado que la capital es la España más España. Es la catalanización de la política, como cuando Aznar hablaba catalán en la intimidad y pactó en 1996 con Pujol la desaparición de los gobiernos civiles, el nombramiento autonómico de los presidentes de los puertos, nuevos tramos del IRPF y otras canonjías que se aplicaron al resto de las Españas.

El tremendismo es altamente contagioso.

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