La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Torrente en su salsa

El personaje de Santiago Segura es asqueroso sí, pero útil, espejo ficticio que juega su papel social

Ese saco de maldades que Santiago Segura creó para retratar los males patrios, el detective Torrente, se encontraría en su salsa (caso de existir realmente) si se hubiera venido a la Andalucía que tuvimos en la época de la ignominia que ahora se juzga. Le prepararon el ambiente a base de omertá, dedocracia y esta tele-folclore de la voz de su amo y olé... Pero con lo del tal Fernando Villén y sus noches 'de putillas' y farra pagadas con tarjeta 'black' ya Torrente habría pedido el ingreso inmediato en el ente para sentirse entre los suyos.

Torrente es asqueroso sí, pero útil, espejo ficticio que juega su papel social. Representa al pícaro sin escrúpulos de la tradición hispana puesta al día. Desde 'El buscón' a los esperpentos de Valle Inclán es un tipo humano que se siente 'empoderado' de su ser grasiento y lo muestra sin pudor, al estilo de estos reality show que retratan el lado innoble del paisanaje, una tendencia, con Trump a la cabeza en la que, lejos de disimularlas, se lucen las miserias como atributo de cierta forma vomitiva de ser que, además, da fama y portadas.

Por eso, este putero andaluz, bien podría haber invitado al detective a sus correrías por los pueblos de Sevilla. Cabe inquirir si fue solo un caso aislado, a la vista de la comprensión de sus correligionarios, siendo el sujeto tan amigo de aprovecharse de la indigencia femenina del sexo sumiso-mercenario-resignado que tantos 'Torrentes' añoran.

La tolerancia con la miseria moral estaba extendida entre la clase política. Con los Pujol impunes y los de los ERES 'cambiajueces', se palpaba una permisividad sospechosa que solo desveló el trabajo insobornable de periodistas, oposición y jueces. Quedan ciudadanos íntegros con más principios que la medianía a la que se la suda mientras sigan cobrando su nómina.

No extrañaría que Torrente acabara viniéndose, caso de tomar corporeidad, por este sufrido sur para relevar a aquel otro del atleti, Jesús Gil, líder de chanchulleros de palillo en boca y camisa abierta hasta el ombligo que se hacen sus pajillas (mentales) en el coche con chófer mientras traman cómo colocar parientes que, a la larga, les asegurarán los cien años de tranquilidad que se ansían en este cortijo en el que Torrente se prejubilaría en algún ERE dudoso de algún conocido.

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