Esta boca es tuya

Antonio Cambril

cambrilantonio@gmail.com

Trump y Podemos

Estigmatizar a un partido apoyado por jóvenes, en lugar de cuestionar los errores que han conducido a la situación actual, es inquietante

La elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos remite ineludiblemente al episodio bíblico del culto al becerro de oro, con la peculiaridad de que este becerro promete muchas cornadas. No hay nada sorprendente en su elección si consideramos que se produce tras décadas de alabanza al éxito, la fama y el dinero, en las que los multimillonarios han ocupado más portadas en los grandes periódicos y revistas, y más tiempo en los espacios televisivos, que los premios Nobel de Literatura o Ciencias o que cualquiera que haya contribuido desinteresadamente al progreso social. Trump supone la apoteosis del modelo neoliberal y anuncia un mundo en el que los pobres se despedazarán entre ellos luchando por los despojos y lamiendo después la mano de quien se los arroja. El sistema de acumulación capitalista sin límite se ha llegado a identificar como un hecho consustancial a la naturaleza humana y no como un fenómeno propio del devenir histórico. Dicho esto, sorprende la espontaneidad concertada, el apresuramiento de la mayoría de los medios de tirada nacional a interpretar el hecho en clave interna, a identificar primero a Trump con el populismo, y a equiparar después a todos los populismos, de izquierdas o de derechas, con el objeto de desprestigiar a Podemos, cuyas virtudes y defectos no entro a valorar. Leyendo la prensa nacional da la impresión de que Trump es la versión wasp y acaudalada de Maduro y de que Pablo Iglesias es Trump con coleta y treinta años menos.

El que, sin apenas tiempo para la reflexión, se aproveche la circunstancia para estigmatizar a un partido apoyado mayoritariamente por los jóvenes, en lugar de cuestionar los errores que han conducido a la situación actual, es cuando menos inquietante. El sistema ha cambiado, y lo ha hecho por la permisividad de muchos de quienes acusan a sus rivales en las urnas de antisistema. Ha sido el poder político, presionado por el poder económico, el que ha permitido la voladura de la Constitución del 78 y que postulados como el derecho a la vivienda (mientras se producen desahucios a diario) o a un trabajo digno (mientras se generaliza el empleo temporal, precario y mal pagado) se reduzcan a mera palabrería. Que se sepa, España se define como un Estado social de derecho y no como un Estado liberal de derecho. Si no cambia el rumbo, si no se apuesta por una verdadera regeneración democrática, no tardaremos en sufrir el contagio y ver emerger la versión cañí del magnate norteamericano.

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