Por montera

Umaru

La dignidad tiene un precio muy alto y él estaba dispuesto a pagarlo porque quería tener un futuro

La fotografía de Umaru Kargbo lleva tumbada sobre mi mesa más de dos semanas. Durante todos éstos días no puedo dejar de observarlo por el magnetismo de su personalidad. Con su mano derecha está arreglando una sandalia blanca con un martillo. Es cierto que semejante herramienta pesada me resulta dura para laborar tan frágil calzado. Pero conociendo algo de su historia estoy convencida de que la utiliza con la delicadeza suficiente como para hacer de esa chancleta un soporte fuerte para el pie de alguien que ha de caminar por los pétreos suelos de Sierra Leona, donde vive. Exactamente, en Makeni. Ocho dólares ha ganado por cada sandalia. Toda una fortuna para un joven cuyo futuro era mendigar en el mercado cada día arrastrando su pierna aquejada por la polio. ¡Cómo lloraba su madre cuando a los diez años de edad le dijeron que su hijo iba a ser un discapacitado toda su vida! No iba a servir ni para la guerra. Ya sabe que el horizonte de la juventud en Sierra Leona era ser captado por las guerrillas y adiestrado para el manejo de las armas con las que asaltar aldeas, matar a los hombres y violar a las mujeres. Los jóvenes no tenían futuro ni opción para recibir ningún tipo de educación que no tuviera que ver con apretar el gatillo. Umaru sólo estuvo en el colegio nueve años, por lo que tampoco pudo aprender mucho, pero sí tenía dignidad. No quería ir arrastrando su pierna por los mercados cada día, extendiendo su mano a la espera de darle pena a alguien que le tirase algo. La dignidad tiene un precio muy alto y él estaba dispuesto a pagarlo porque quería tener un futuro. Es cierto que no había empleo en Freetown ni en Makeni. Más de 800.000 jóvenes, desde los 15 a los 35 años, estaban buscando trabajo. Ninguno, o casi ninguno, habían sido preparados para ser empleados en alguna empresa. El nivel de desempleo juvenil era insoportable. Pero un día la PNUD se le cruzó en su camino y fue elegido para aprender a ser zapatero. Por supuesto que Umaru no es el único joven que ha sido educado para tener una profesión. Los programas enfocados para los jóvenes administrados por la PNUD y el Gobierno de Sierra Leona ha transformado la vida de 10.000 jóvenes. Un estudio independiente ha demostrado que los ingresos de estos jóvenes aumentaron en más del 196%. Con lo que estas mejoras influyen, también, en la paz social. Umaru tiene ahora su propio negocio. Ha creado su propia familia. En la fotografía que sigue sobre mi mesa, quien está a su lado es su hijo. Y, una leyenda escrita en el rostro de Umaru : la esperanza en el futuro.

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