Su propio afán

La Unión rota

Para cuando se vea que el Brexit no fue el apocalipsis británico, la UE debería por sí misma resultar atractiva

Esta casi unanimidad esforzada para convencernos a toda costa de que la marcha del Reino Unido de la Unión Europea (¡cuánta unión en los títulos y qué poca en la práctica!) será apocalíptica, emite señales claras de la inseguridad del europeísmo oficial. Mejor sería un poco más de optimismo, al menos para no transmitir tanto pavor de fondo ni esta desolación devastadora y vergonzante.

Los españoles ya podríamos ilusionarnos con cambiar algo el estatuto de Gibraltar, y sería una buena noticia para nuestra dignidad nacional, si la hubiera o hubiese. Como europeos, además, la salida de Gran Bretaña significa que dejamos de tener un socio que nunca creyó nada en el proyecto europeo. Ha ido poniendo sistemáticamente palos en las ruedas. Por carácter y por destino. Y porque podía, encima. Como ha explicado Daniel Capó en un excelente artículo sobre el particular: "Si algún país puede permitirse ese riesgo [de irse de la UE] es el Reino Unido, con su vínculo atlántico, con la potencia cultural y lingüística del inglés, el prestigio de sus universidades y la condición de auténtica capital global que Londres ostenta junto a Nueva York". Esa posibilidad de irse, también le permitía (y resultaba peor) la posibilidad de ser sin estar del todo, siempre con un pie fuera y mirando por encima del hombro.

Sería absurdo, con todo, caer en un tonto triunfalismo. Lo que hay que hacer es aprovechar la circunstancia adversa. Poniendo al mal tiempo buena cara, porque se pierde un socio importante, sí, pero difícil también, y porque su pérdida nos da unas lecciones (no precisamente gratis) que se pueden aprovechar. La Unión Europea tiene, a partir de ahora, que respetar más la soberanía nacional de los Estados miembros, no debería imponer normas ni impuestos ni ideologías ("No taxation without representation") con un rodillo burocrático-demagógico y ha de ser operativa y eficaz en la solución real de los problemas y en encontrarle un papel protagonista a Europa en el mundo.

Dentro de poco, veremos que el apocalipsis populista tan profusamente profetizado no se abate sobre Inglaterra. Cuidado con que el efecto de tanta alarma no devenga contraproducente. Sería, pues, mucho más sabio que la UE, si quiere sobrevivir, haya sido capaz para entonces de aprender la lección con humildad y diligencia. Ni gruñendo ni quejándose ni asustándonos aumentará un atractivo que necesita más que nunca.

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