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Voto

El buen funcionamiento del Estado es un hecho sumamente aburrido que no llama la atención y que damos por hecho

Ayer, en una oficina de correos, se produjo un pequeño alboroto cuando una mujer intentó enviar su voto por correo a las 14:15. El plazo de voto por correo se cerraba a las 14:00 y la mujer no pudo votar. La reacción de la mujer fue de rabia: aspavientos, gritos, un amago de amenazas. Tuvo que salir el director de la oficina a decirle que el plazo estaba cerrado y que nadie podía votar una vez cerrado. "¿Pero qué más da diez minutos más o menos?", gritó la mujer. El funcionario repitió muy sereno que el plazo había finalizado. La mujer soltó un bufido y se fue haciendo una pequeña exhibición de ademanes airados. No sé por qué, me dio la impresión de que había estudiado con interés los vídeos de Rosalía.

Pensé que acababa de presenciar una pequeña lección sobre el funcionamiento del Estado, y de un Estado, además que funcionaba razonablemente bien. Allí tenía a una ciudadana que tenía grandes deseos de votar y a un grupo de funcionarios que le impedían hacerlo porque el voto a aquella hora incumplía las normas establecidas. Eso era el Estado con toda su grandeza. Imaginemos, por ejemplo, lo que podría pasar si los funcionarios permitieran -por desidia o, peor aún, por intereses particulares o, peor aún, por amenazas o sobornos- que se incumplieran las normas de voto por correo y hubiera un fraude a gran escala. Imaginemos que eso pasara también -las amenazas, los fraudes, los sobornos- en los hospitales, en los colegios, en las comisarías y en los juzgados. Imaginemos, sí, imaginemos. En nuestro país, de momento, eso no pasa, o si pasa, ocurre a una escala reducida. Pero eso sí que ocurre en una buena parte del mundo, en todos esos países corroídos por la corrupción y la falta de garantías legales. Pensemos en algunos lugares: Extremo Oriente, Oriente Medio, prácticamente toda África, Rusia, una buena parte de Latinoamérica.

Por supuesto que no hay ninguna grandeza épica en que las cosas sucedan así. El funcionamiento del Estado es un hecho sumamente aburrido que ni siquiera nos llama la atención. Lo damos por hecho, es más, lo damos por inevitable. Pero no es así. Crear esa aburrida efectividad de horarios que se cumplen y de normativas que se aplican lleva mucho tiempo. Y además es un proceso caro que se paga con impuestos. Quizá por eso aquella mujer tenía tanto interés en votar, aunque llegara tarde a ejercer su voto.

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