Señales de humo

José Ignacio Lapido

Votos raros

LA costosa inutilidad de las campañas electorales sólo se ve amortizada por el beneficio que éstas reportan a la ciencia, más concretamente a la zoología política. Cada cuatro años, de esa hojarasca de encuestas, eslóganes, niñas y cheques al portador que deja a su paso la pugna por el poder, sale a relucir toda una tipología de votantes especiales. Ciudadanos con derecho al voto que pululan y/o reptan entre las categorías establecidas. Animales invertebrados de la democracia.

Algunos de estos especímenes deberían catalogarse, sin lugar a dudas, como seres mitológicos. Aparecen en los estudios demoscópicos y gran parte del esfuerzo propagandístico va dirigido a ellos, pero su existencia real no está contrastada. Es el caso del votante indeciso. Ilusión óptica a la que se agarran los partidos para autoconvencerse de que no todo el pescado está vendido. Creer que a estas alturas de discurso hay gente que duda entre Zapatero y Rajoy es como creer que pisar una mierda trae suerte. Absurdo.

En Andalucía tenemos otro tipo de votante anómalo cuya corporeidad tampoco acaba de demostrarse. Se trata del elector que practica el voto cautivo. Leyenda rural a la que recurrentemente apela la derecha para teñir de heroísmo sus derrotas. En estas elecciones de 2008 ha aparecido una variante de esta categoría, la del votante untado. Según el líder del PP, artistas de éxito internacional con cuentas corrientes bien saneadas apoyarían a determinada opción política a cambio de los cuatro duros que les van a tocar por el canon digital. Estúpida falacia que de tanto repetirse algunos han llegado a creérsela.

El que sí está aceptado por todos es el votante oculto. Alguien a quien el pudor -o mala conciencia- le impide declarar su verdadera intención de voto al encuestador. Estos votos se guardan en bolsas, como la basura y la compra del híper. ¿En cuántas ocasiones hemos oído a un sociólogo justificar su escaso acierto con la frase "ha habido una importante bolsa de voto oculto"? Pues eso.

El manido concepto de voto útil nos daría dos categorías más de votante raro: el útil y el inútil. El de IU sería el más inútil de todos, ya que sabe de antemano que aunque esa formación logre tres veces más sufragios que el PNV o ERC, conseguirá bastantes menos escaños. Aberración del sistema electoral español que nadie parece dispuesto a subsanar, sobre todo los beneficiarios del voto útil.

Terminemos con un espécimen que estoy seguro de que abundará el próximo domingo: el votante a la contra: dícese de aquel que introduce la papeleta en la urna con la nariz tapada. Aquel que, consciente de la mediocridad de los candidatos, opta por el mal menor.

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