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Luis Chacón

luisgchaconmartin@gmail.com

Aquí y ahora

Cambiamos el debate político por el lanzamiento de lemas vacíos, ocurrencias chabacanas y cantinfleos sin gracia

Vivimos en plena era de la inmediatez. El desarrollo de la tecnología ha reducido drásticamente el tiempo de cualquier proceso; la revolución digital nos pone al alcance de la mano toda la información que requiramos y las noticias se viven en directo. Nadie, nunca, a lo largo de toda la historia de la Humanidad, había dispuesto de una biblioteca como a la que hoy podemos acceder cada uno de nosotros sin abandonar la comodidad del salón de casa. Sería ridículo negar que la sociedad de la información ha potenciado nuestras habilidades, nos permite ser más eficientes y aumenta exponencialmente las posibilidades de comunicación, colaboración e influencia.

Pero las numerosas bondades que la innovación tecnológica trae consigo, conllevan, como no podía ser de otra forma, una contrapartida. Acostumbrarnos a la inmediatez nos hace impacientes y nos empuja al consumo efímero de las emociones. A veces, deglutimos el arte enlatado en un dispositivo en lugar de saborearlo en vivo. Hemos cambiado el tiempo por el reloj. Somos como el Conejo Blanco que aparece en la Alicia de Lewis Carroll. Siempre llega tarde, vaya a donde vaya. Estamos creando una sociedad impaciente que se frustra cada vez que algo se retrasa. Necesitamos todo aquí y ahora. Cuando no lo queremos para ayer, en expresión ya tan común que ha perdido toda su gracia. Preferimos tener cualquier dato -por feble, incompleto, aproximado o parcial que sea- antes que disponer de una información amplia, ordenada y contrastada si hay que esperar para conseguirla. Exigimos soluciones inmediatas a problemas que requieren reflexión y cualquier plazo que no hace tanto resultaba más que razonable, se convierte hoy en una eternidad insoportable.

Este triunfo del cortoplacismo trae consigo un absoluto abandono de la paciencia -el mayor talento que se reconocía Isaac Newton para explicar sus descubrimientos- que arrincona el análisis, la reflexión y el espíritu crítico. Cambiamos el debate político por el lanzamiento de lemas vacíos, ocurrencias chabacanas y cantinfleos sin gracia. Y así, se banalizan los principios y se empobrecen los contenidos hasta convertir la anécdota en categoría y aparcar los asuntos de estado para dar satisfacción a los caprichos políticos. Necesitamos volver a debatir mirándonos a los ojos frente a una taza de café y dejar de lanzar mensajes con el móvil mientras un vaso de cartón ardiente nos quema la mano.

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