Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

Los amigos de Peter

Los amigos de Peter, de Kenneth Brannagh, es una comedia dramática sobre la amistad en la que una pandilla de viejos amigos se reúne por Nochevieja en la casa de uno de ellos, Peter. Que el último día de este año se reunieran en La Moncloa los amigos de Peter Sánchez, en este caso amigos de hace poco, podría querer decir esencialmente dos cosas. Una, que su proyecto común tras echar con pleno derecho del lugar de la fiesta a Rajoy vaya viento en popa, y está en marcha una España diversa, transversal, proteica y multiforme, que atiende a sensibilidades y se apoya en el consenso y -moc!, ¡moc!- dos huevos duros, también transversales y policromáticos. Dos, que el crisol por el que el anfitrión ha tenido que tragar para cumplir su irrenunciable mandato de regir a España -¿cuándo si no, Peter?, repetía Begoña- saltará por los aires pronto, pero precisamente por eso se abrió la posibilidad de hacerse amigos, de crear una pandi temática y con causa.

Sea de una u otra forma, en esta fiesta Peter reproduciría su rol en la coalición que comparte con Pablo, Carles, los Joan de Cornellá y Valencia, Aitor, Arnaldo o el otro Pedro, que llevaría su timple. Podemos, PdCat, PNV, ERC, Bildu y Nueva Canarias. Y el PSOE. O sea, él daría gusto a todos. ¿Qué quiere mi vasco? ¿Qué mi gerundés? ¿Y mi chica alternativa del norte? ¿Tú, mojo rojo o verde? Porque la pandilla nació para que Peter diera satisfacción a los demás. Cocinaría el menú que otros le han sugerido; serviría la mesa, atendería a intolerancias digestivas y hasta a caprichitos, compraría vinos de toda variedad, le conseguiría el flotador hemorroidal a este al que le pesa tanta sesión de sociedad gastronómica y la china de grifa para aquel otro vestido de montañero, y además de Kortatu, La Polla Records -ese faro musical del compromiso de Pablo- y Los Sabandeños, no faltaría todo Lluìs Llach para que el catalán errante devuelto a Cataluña estuviera como en casa. Tampoco faltaría, como reciprocidad al detalle del cojín, una tartera de piquillos rellenos de bacalao con la que Aitor agradece la morterada en euros y en competencias que Peter, tan amigo de sus amigos, le proveyó al prometerle que no le iba a tocar los 580 que le había levantado el vasco a Rajoy una semana antes de vender la misma mula al propio Peter. En esta película revisitada, Peter no da el bombazo al final al anunciar que es homosexual y tiene sida. Porque Pedro está para repetir a los demás qué quiere mi niño, qué quiere mi dueño. Y si muere -políticamente- será con avenida y pensión. Quién quiere votos, qué vulgaridad.

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