Los nuevos tiempos

César Requeséns

crequesens@gmail.com

'aparcamaridos'

En los templos del consumo han detectado que el amor también debe tener sus momentos de pausa

Tengo la suerte de tener una gran amiga que me hace de guía por esta modernidad normalizada del siglo XXI. En ese ir descubriendo estos mundos me llevó hasta el templo del consumo allá por Armilla. Fuimos bien prontito, por no rebozarnos demasiado en los virus. A eso de las once aún los miasmas no eran tan densos como esa neblina extraña que se instaló por toda Granada como si fuera un aviso de lo que se nos viene encima después de las fiestas.

Ir de compras nunca fue lo mío. Lo hago por obligación y poca gana. Pero el sábado pasado acudir hasta allí en metro hasta me animó esta cotidianeidad pandémica. Los suelos aún relucientes reflejaban los enormes árboles que nos recuerdan que por Navidad hay que comprar-comprar malditos, ese ritual del regalo compulsivo en que se ha convertido cualquier momento festivo. Bueno, hay que integrarse en la corriente dominante, de ahí que comprara, claro.

Pero esto de comprar cansa, la verdad. En un pasillo camino del servicio había unos asientos y allí me quise quedar junto a otros desorientados como yo, en su mayoría hombres-heteros-blancos-patriarcales, claro, que compartían conmigo lo que ella, mi brújula de cabello negro y sonrisa al viento, llamó el aparcamaridos. Me gustó el nuevo palabro que me apunto en mi lista de neologismos. Y es que resulta que en estas gigantescas superficies han detectado que la expresión del amor parejil también debe tener sus momentos de pausa y que esos hombres que recorremos las avenidas consumistas detrás de ellas con la mirada perdida, cargando bolsas y probándonos lo que nos digan también necesitamos hacer el reposo del guerrero. Pero sin rechistar, ojo, que el hastío y el hartazgo no se contempla que se verbalice. Es un deber y hay que cumplirlo, que son ellas las que mandan en estas lides.

De reojo daba tiempo a remirar el entorno. Las hileras de coches habían ya bloqueado casi los accesos. En las tiendas ya se percibían los primeros embotellamientos humanos. Y aún no era ni mediodía. Y yo renovaba el fondo de armario con jerséis y vaqueros y, si, realmente me olvidaba durante un ratito de las vacunas.

Y ya de vuelta en el metro, cargado de bolsas, volvía a zambullirme en las avenidas desoladas entre las que pedir un "que me quede como estoy", bien mirado, tampoco es poco.

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