La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

El arte de dimitir

Al igual que tantas cosas, debería hacerse con este arte del buen dimitir una campaña para su normalización

Se practica tan poco en España que, si no fuera por estos gestos puntuales de algún político con arranques de coherencia interior, bien se podría incluir en la lista de especies en vías de extinción. La dimisión del político que fracasa o que incumple o que falla en su gestión es tan insólita entre la clase dirigente española que cuando sucede salta a la primera plana de las rotativas. Al igual que tantas cosas, debería hacerse con este arte del buen dimitir una campaña para su normalización.

Les cuesta. Es el amor a la poltrona por un lado, claro, pero también debe ser por la presión del coro de palmeros, acólitos, deudos y apesebrados que dependen de uno para el pago de hipotecas y el cole de los niños. De ahí que solo estos ataques sobrevenidos de escrúpulos sean los que consigan romper la baraja y liberar al cargo en cuestión de las servidumbres de su entorno.

A Rivera se le notaba ya en su recta final desde hace tiempo. En el debate de candidatos muchos ya le dieron por cadáver político. Y más aún si se cernía ya sobre él la sombra agigantada de Arrimadas, esa zapadora de la política que se ha forjado su prestigio a base de amargarles la vida a los flipados de la causa independentista.

Tuve la suerte de conocerle y reconozco que me causó una grata impresión. Entrevistarle para el periódico me permitió la cercanía con aquel joven Albert Rivera aún meritorio candidato a renovar la política nacional, cosa que luego consiguió en parte. Rebosaba idealismo, empuje y optimismo por ese ideal de cambio que todo líder político atesora en su interior. Además, su perfil de político catalán hijo de emigrantes andaluces le otorgaba la condición de político de trinchera frente a la medianía de los que podían decir cosas normales desde su púlpito sin mayores consecuencias para su integridad física o familiar.

La política desgasta, y mucho. Y aparte de los malos resultados electorales, a Albert se le percibía ese hastío que conduce a la puerta de salida. También la soledad del que ha perdido los apoyos internos. Hace bien por tanto en dejar el cargo, aunque sorprende que incluso haya renunciado a la política en general, escaño incluido. Quizás debería plantearse ahora impartir cursos sobre cómo dimitir con elegancia cuando se está en la cumbre. Sería de provecho general.

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