Esa belleza de Granada

La ciudad necesita, para no seguir muriendo en un rincón, que aquellos que pueden dinamizarla lo hagan

Cada día que pasa creo que se hace más necesario un revulsivo que dinamice la vida y la ilusión de los granadinos. La ciudad lleva años aburrida. Y no me refiero a la Ciudad con mayúsculas, esa que reside en el antiguo convento del Carmen. Esa está mortecina e inánime, paralizada, simple y llanamente. Paralizada y con estertores que se pueden confundir, fácil y falsamente, con un intento de vida. Me refiero a Granada, esa que grita -Que cada dos de enero, cuando se la llama desde el balcón en el que se tremola el antiguo pendón de los Católicos Monarcas-. Y esa otra que lucha cada día por sobrevivir a sí misma, en medio de vientos cainitas que la envuelven sin dejarla crecer. Sí, esa Granada, cuyo antiguo y desaparecido reino -y casi historia- fue engullido por una pantagruélica Sevilla que, insaciable, ha visto en estos días movilizarse la voluntad popular y desalojar de los sillones con penacho a los socialistas de siempre, de toda la vida, esos que han venido heredando el gobierno de la autonomía durante casi -o sin casi- buenos cuarenta años, sin necesidad de pagar el impuesto de sucesiones, que tanto a ellos ha gustado de mantener, para natural y justificado cabreo de muchos otros andaluces.

Granada necesita, para no seguir muriendo en un rincón, que aquellos que pueden dinamizarla lo hagan, aunque para ponerse de acuerdo tengan que renunciar, incluso, a la paternidad de las buenas ideas, si es que hay alguien que sea capaz de tenerlas y contagiarlas. Renunciar a la firma de la obra.

Hacen falta, sí, hacen falta líderes, no mesías iluminados, pero sí criaturas normales que sean capaces de despertar entre los demás granadinos la ilusión por asumir y conquistar el protagonismo de una ciudad que lo perdió, en el mismo momento en que su historia se truncó, cuando la carrera de Indias se abría delante de Castilla para mitigar el hambre en las andorgas escasas y ruidosas de tripas vacías y hacer crecer las fortunas de casi indigentes y hasta los cuarteles en los blasones de hidalgos, cansados de reconquistas multicentenarias, persiguiendo y expulsando moros.

Granada no muere de éxito. ¡Qué lástima! Muere de olvido de sí misma, de desnorte, de orfandad de mapas para proseguir por los caminos del futuro a los que algún Mercator despistado -no quiero pensar que con mala sangre- olvidó dibujar la rosa de los vientos. Mientras, suscita con fuerza que no se aprovecha el general aprecio y admiración, siendo siempre meta de muchas gentes, de los más diversos lugares, que buscan la belleza apasionada. Esa que siempre nos queda y que nunca pierde Granada ensimismada, esa belleza romántica en la ruina de sí misma. ¿O no?

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