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Rafael Padilla

Al borde del abismo

LOS datos de paro conocidos esta semana, el peor registro desde 1996, sirven para recordarnos la verdadera gravedad de nuestra situación: de nada han servido promesas voluntaristas (los famosos cien mil empleos a crear durante la legislatura), porque jamás se acompañaron de medidas realmente eficaces; el fantasma de la recesión llama a la puerta, sin que se intuya evitable; nadie parece saber qué hacer en la ruina presente.

La cifra, reitero, nos descubre el núcleo del problema: siendo cierto que arrastramos gastos insostenibles que exigirán un gigantesco esfuerzo de ajuste, no es ahí donde radica la clave para transformar nuestra coyuntura. El cáncer que nos está devorando tiene bastante más que ver con la incapacidad de nuestra economía real para devolvernos a la senda del crecimiento. Dicho de otro modo, por mucho que ahorremos, por mucho que seamos capaces de continuar captando financiación exterior, por mucho que ordeñemos la teta fiscal, si no se produce un repunte de la inversión y del consumo, si nuestro modelo productivo no recupera un cierto vigor sobre fundamentos robustos, ésas serán soluciones temporales que sólo conseguirán alargar la agonía.

Ya sé que el discurso de la austeridad vende. Y más cuando nos hemos corrido durante años la juerga padre. Pero, no nos engañemos, es insuficiente. Lo que el país demanda son esperanzas perdurables y sólidas. Éstas pasan por una reestructuración de nuestra economía que no abjure de ninguna medida. Hay quien mantiene que la inversión pública debe ser esencial en el intento. Yo no lo comparto, no tanto porque repudie la fórmula como por la falta de margen real (nuestras arcas están agotadas) para emprender tales terapias. Entiendo que, aunque impopular, la política económica que necesitamos tendrá que perseguir una mejora de la productividad mediante la creación de nuevos modelos de negocio y/o la reducción de costes laborales. Guste mucho o poco, quienes generan trabajo son las empresas. Sin un marco que facilite tal función toda iniciativa será vana. Medidas como la reducción de salarios, la disminución de las cotizaciones a la Seguridad Social, el abaratamiento del coste del despido, la racionalización del coste sindical o la flexibilización y singularización de las relaciones entre empresarios y trabajadores, que en tiempos de bonanza consideraríamos inaceptables por regresivas, alcanzan en este instante mortal, junto al desbloqueo del crédito y la redefinición de la fiscalidad empresarial, una validez incuestionable. Necesitamos generar empleo como sea, porque a menor paro mayores expectativas de que la máquina económica, y con ella casi todo, funcione.

Al borde del abismo, no nos enredemos en discusiones estúpidas. Actuemos en la raíz, a pesar de lo doloroso del remedio. Porque, olvídense, excepto para expectantes revolucionarios nostálgicos, aquí y ahora, eso o el vacío, no nos queda otra.

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