La bota de Pedro Antonio de Alarcón

El Centro Artístico ha alzado la voz ante que los restos de ilustres se pierdan en el osario común de San José

Posiblemente ha sido el más célebre de los accitanos en tiempos modernos: controvertido personaje, revolucionario en la literatura y el periodismo españoles, cuando ya se agotaba el tintero del Romanticismo y un político que practicó la diletancia entre los extremos más antagónicos del arco parlamentario, en el Congreso de los Diputados, a donde llegó con bagaje y merecida fama de brillante columnista. Pedro Antonio de Alarcón y Ariza, activista y panfletario, radicalmente anticlerical y luego, ya en el atardecer de sus días, confeso y practicante cristiano, católico y aún devoto.

Vino a rendir el alma un 19 de julio de 1891, dándosele tierra al cuerpo y responso al alma a la siguiente jornada, en el Sacramental de San Justo, cerca de Bretón, Espronceda, Larra, Campoamor y muchos otros colegas de las letras hispánicas. Y allí quedó, nuestro exaltado columnista y orador de soflamas incendiarias, curioso viajero, prolífico y magnífico novelista y -al fin- académico de la que Limpia, fija y da esplendor, sólo con un número identificativo sobre su pobre túmulo de tierra, con absoluta ausencia de lápida, nombre y tratamiento y desde luego, sin epitafio u oropel alguno laudatorio.

Luego de su muerte, los laureles del éxito en el templo de la fama continuaron acompañando su nombre, pese al paso de los años y fue inspiración para creadores posteriores -El sombrero de tres picos de Manuel de Falla- o adaptaciones para la televisión -El Clavo, en Historias para no dormir- de Ibáñez Serrador. Empero los últimos despojos de su pobre humanidad, seguían en Madrid, sintiendo pasar la historia sin que la historia se acordase de ellos. Hasta que, ya en el siglo XXI, quien fuera culto alcalde de Guadix, José Antonio González Alcalá, junto a otros dos accitanos, se trasladó a la Villa y Corte para cavar la tumba de su ilustre paisano. Y trajeron, menos la tierra, todo cuanto bajo ella había, que era poco: unos desnudos huesos y dos botas de cuero. Y a su Guadix lo llevaron, dándole tierra de nuevo, descanso definitivo y honorable en la ciudad que le vio nacer a término del invierno de 1833.

En toda la peripecia fúnebre, desapareció -¡asómbrese el lector!- una de las dos botas. ¡Qué cosas! Arcana ausencia. Como raro ha sido, también -y muy de agradecer y encomiar- que, en Granada, se haya levantado una voz colectiva y clara reclamando dignidad, honor y memoria para los huesos, los restos de otros muchos ilustres granadinos, antes de ser perdidos en el osario común -en el olvido- del cementerio municipal de San José. Ha sido la voz culta, atenta, sensible e inteligente del Centro Artístico, Científico y Literario. Quedará, así, bien justificado el casi vacío hoy Panteón de Ilustres Granadinos. ¿O no?

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