Bloguero de arrabal

Pablo Alcázar

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El buitre de Unamuno

A los tibios les da por pensar por su cuenta. Dudan. Cambian el paso. Valoran mucho la independencia personal

Viendo la película de Amenábar Mientras dure la guerra he pensado en lo mal que lo tienen que estar pasando los tibios en Cataluña. El menosprecio del tibio -y la exaltación del fanático- no es cosa ni de ahora ni del 36: en el Apocalipsis, el Señor vomita a los tibios de su boca. Los tibios son extremadamente peligrosos, cuando todo el mundo está encuadrado a las órdenes de alguien. Les da por pensar por su cuenta. Dudan. Dan bandazos, cambian el paso. Valoran mucho la independencia personal. Alérgicos a diluir su perfil en la masa. No los verás a las puertas de una prisión, prestos a linchar. A veces se suman a las riadas humanas de la calle, pero se salen en la primera bocacalle, si algo no les gusta. Unamuno fue tibio y dubitativo. Así, al menos, nos lo muestra Amenábar en su película. Fue marxista, socialista, demócrata, republicano y terminó ayudando, con su prestigio y con 5.000 pesetas de sus ahorros, al golpe de estado que acabo con la República. El relato de Amenábar, uno más sobre la guerra, se atiene a fuentes canónicas muy contrastadas. Parece que las cosas ocurrieron más o menos como él nos las cuenta. Y digo más o menos, porque una película no deja de ser el relato del director y del montador y, por supuesto, de los actores, más o menos eficaces en la construcción de la historia. El filme ha molestado, no por mentiroso, sino por fijar el foco en un tiempo y un lugar determinados. Quizá, ni el lugar ni el tiempo del gusto de los que critican la película. Como efecto colateral, no buscado, Unamuno ha vuelto a ser leído. Dos de sus sonetos, A mi buitre y Querría, Dios, querer lo que no quiero, respaldan la versión de Amenábar. En el primero el poeta dice haberse pasado toda la vida atacado por un buitre (¿el de la duda?) que no ha dejado de devorarle las entrañas. Tan molesto, que el poeta desea que la rapaz esté presente en su agonía para verla sufrir al perder su presa. En el segundo soneto, el poeta se rebela contra el mismo Dios, aunque sabe que, si se suelta de su mano, se precipitará en la nada, pero tampoco quiere vivir, eternamente diluido, perdido su ser, en el inabarcable mar de la existencia divina. En Salamanca, Franco era Dios y Unamuno, ¡fiero desacato!, se rebeló contra él. Señero, único, reacio al encuadre. Y recibió su castigo, como cualquier catalán tibio de hoy mismo.

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