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Desde que la derecha política se ha fraccionado y necesita acuerdos para poder gobernar ha desaparecido prácticamente la reiterada reivindicación del derecho del partido más votado o la permanente condena al pacto de perdedores. Ahora, cuando el PP tiene que sumar con otras formaciones, es cuando por algunos ha empezado a entenderse el sentido de la democracia parlamentaria y la legitimidad de los pactos. Al fin parece que todos hemos aceptado lo que, para muchos, siempre fue evidente. Algo es algo. Pero esto de los pactos es un tema complejo y no siempre tienen que ser una simple operación aritmética. Por eso, a veces en las noches electorales hay precipitaciones con reivindicaciones de victorias que no lo son o con aceptación de derrotas que no se han producido. Contar de antemano con los votos de otras formaciones políticas es una ingenuidad y a veces un error, porque en este mundo de los acuerdos surgen planteamientos con los que en principio no se contaba.La oferta de Manuel Valls para evitar un alcalde independentista en Barcelona o la de Íñigo Errejón para impedir la influencia de Vox en los ejecutivos regionales y municipales de Madrid, aunque han creado confusión y nerviosismo, son propuestas llenas de coherencia política. Por otra parte, la exigencia de Vox de dejar de ser el convidado de piedra o el socio invisible de los acuerdos de la derecha es algo que también pertenece al terreno de la lógica.

Paradójicamente, todos estos movimientos vienen a complicar precisamente el papel de Cs, que durante toda la campaña electoral hizo de los pactos la base de su discurso, anunciando vetos y rechazos explícitos y concluyentes que después se han traducido en inauditas exigencias a los socialistas que quieran alcanzar la gracia de su apoyo. Resulta inexplicable que el partido liberal exija renuncias, traiciones y apostasía al PSOE, como si la socialdemocracia fuera un riesgo para la convivencia en Europa, mientras que a los representantes de la extrema derecha lo único que parece pedirles es que sean discretos y no se les vea demasiado a la hora de firmar acuerdos. Entre una y otra posición Rivera da la impresión de que se está ahorcando con el cordón sanitario que tanto anunció y ahora se encuentra en una difícil encrucijada ante los sorprendidos ojos de la Europa liberal. Pero ha recorrido tanto camino en un sentido que parece estar dispuesto a dejarse arrastrar al precipicio antes que cambiar de dirección.

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