francisco Silvera

De los cañones a las estrellas

HABÍA un olor hermoso a tierra. Amanecía, apenas, con un embozo de finísima lluvia derramada sobre las claridades que el sol, leve aún, conseguía extender por los montes. La humedad era un hada blanca como la luz. Igual que el niño al despertar, el gesto de la tierra se deshacía en felicidad que volaba los aires suspensa en un vaho craso y lindo. El aroma del mantillo manaba por todas partes, como si el planeta entero fuera un flor fresca, aterciopelada y viva. El helor del rocío sucumbía a la templada brisa de las lloviznas, el aire verde penetraba entre piedras, ramas y horizontes. La aurora clamaba dolorosa, sedienta de una humanidad entera para poder percibir tanta maravilla... pero los campos se arrastraban con soledad tremenda hasta donde llegaba la mirada.

Encinares torcidos, frondosos pinares, por cima de todos repuntaba su alba el sol, dorado como un fuego limpio de retorta. Media ventanilla abierta, el sindicalista conducía robando a la mañana sus virtudes; no podía evitar, por cada casa, cada aldea, por cada pueblo que atravesaba, mirar el seguimiento de su huelga sintiéndose poderoso, terrible y dominante. Todo era campo que se le ofrecía en aquel alba de luz oscura, desde los collados unas cuantas poblaciones dispersas aguardaban sus discursos. Más allá, al final del trayecto, la mina, su sangre.

Las gentes le querían. El encendía con sus palabras y a quienes pedían prudencia les lanzaba la turba furiosa, entregada. Todo lo tenía planeado. Algunos advertíanle del peligro de emplear los esfuerzos en un camino equivocado y dañino; sin embargo, el sindicalista, conduciendo, aspirando el aire brillante del amanecer, sentía la realidad en la palma de su mano y veía cercanas las frutas de su labor.

En el último tramo del viaje ya no había árboles. Como quien transpone un límite, el vehículo rodó sobre la recta carretera que atravesaba el embalse de ácidas aguas de color turquesa. Era la superficie perfectamente plana, como todo lo muerto, sólo algunos troncos secos de eucaliptos de piedra rompían el azogue del lago; riberas amarillas soportaban el tenue chapoteo de la presa. A partir de aquí surgía la industria: grandes naves, máquinas enormes, casetas... Las explotaciones a cielo abierto se derramaban a ambos lados del asfalto hasta llegar a la última quebradura del terreno, primera en el tiempo.

Tanto afán parado, tanta labor en silencio y tanta empresa en holganza otorgaban tristeza y hacían extraño al paisaje. La gran corta roja y vieja ofrecía a la vista las entrañas sanguinolentas del monte: abrupta y admirable sonaba en el cielo como herida ebria de piedra, tremendo bramaba el roquedal de nubes velando por la mañana, arrastrándose por la impresión inabarcable de la gran cesura minera, húmeda de lluvia.

Bajó del coche. Recorrió con la mirada los círculos concéntricos que, estrechándose sobre sí mismos en un punto no equidistante, formaban el enorme, irregular y vacío cono invertido donde cientos de generaciones habían arrastrado sus ciclos perfectos de fines con principios. El sindicalista percibía el paro, observaba la grandísima maquinaria quieta y un refocile malsano le mordía los huesos de las piernas. Hercúleos camiones, metal al aire, oxidábanse lentos tras medio año de reposos; el polvo del suelo ya no mostraba huellas del tonelaje: calores, rocíos, vientos, todos borraron el vestigio de los soles de goma negra que, girando, habían depositado allí a los titánicos vehículos, inmóviles como la eternidad.

El sindicalista miraba todo goloso y caminaba hasta el Comité de Empresa. Sabía que la comarca, destrozada, no tenía futuro posible; sabía que el Estado, a lo sumo, jubilaría a una parte de los trabajadores; sabía que los antiguos propietarios maliciaban para no pagar retribución alguna; sabía de la absoluta inutilidad de la huelga, de los heridos y el muerto, pero continuaba: porque, de noche, el grupo de desalmados que desmontaban complicadas piezas para la venta oculta satisfacían sus ansias, cualquiera haría lo mismo, y su cuenta engordaba con cada día acumulado de protesta y él, con su familia, ya tenía el porvenir resuelto...

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios