GRANADA HOY En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Bloguero de arrabal

Pablo Alcázar

coleraquiles@gmail.com

Como en la casa de uno ...

Montar una pandemia para acabar con los viejos, me parece torpe. Están muriendo, también, jóvenes.

Soy renuente a que se apliquen medidas de amplio espectro, como la presente pandemia, para eliminar a los ancianos. Porque acaban con los abuelos, pero también con gente de todas las edades.

Entiéndanme, cada uno tiene su historia personal y yo, sin mi abuela Dolores, sería menos, incluso, de lo que he llegado a ser en la vida. Ella, con 75 años, a las 11 de la noche, me tenía siempre preparada la cena -un huevo pasado y puré de patatas-, para cuando llegaba de mis estudios.

Una mujer inteligente, sobria, que no se casó, al quedar viuda muy joven, para no depender de ningún hombre. Le pilló la guerra en "zona roja" (sic). Había ido a Villanueva del Arzobispo, donde mi padre era secretario, a visitar a su hija; y allí estuvo confinada los tres años de la contienda sin poder ir a comprar a las tiendas de Paco o a la del Patas, en Cenes.

A los pocos días de terminar la guerra y el confinamiento, se personó en Villanueva, mi tío Miguel, marido de mi tía abuela Mercedes, con un taxi lleno de víveres, dando por terminado el aislamiento y el hambre. En el mismo taxi, mi abuela se volvió a Granada. Sus hermanas la estaban esperando en el Triunfo. Se bajó del coche y, sin saludarlas, tomó por San Juan de Dios y se dirigió, veloz, sin abrir la boca, a la basílica de la Virgen de las Angustias. Las hermanas la seguían con la lengua fuera, haciéndole mil preguntas sobre su salud y la de su hija. No contestó a ninguna. Las hermanas pensaron que había perdido la cabeza. Entró en la Virgen, flechada, y salió al instante; se quitó el velo y no dejó de hablar en días. Informó a sus hermanas de que había prometido a la Patrona que, si ella y su gente salían vivos de la guerra, sería la primera persona a la que visitaría.

De vuelta a Cenes, acogió en su casa, durante años, para que estudiaran en la Universidad, a los copiosos productos que recibía de la prolífica e itinerante factoría Alcázar-López. No puedo, pues, honestamente, apuntarme a la exterminación de los viejos. A que no se les suministren respiradores. Y más, a mi edad. Ustedes no me lo perdonarían. Porque los imagino adictos a mis historias, como de abuelo cebolleta, asintomático, por ahora. Y toco madera y enciendo unas mariposas a las ánimas del purgatorio, como haría ella, para que mi tránsito se postergue lo más posible, porque como en la casa de uno…

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