Su propio afán

El cónclave

Uno de los males de nuestro tiempo es la dispersión de la atención: afecta mucho a nuestros líderes

Parto el día en trocitos muy pequeños a los que adscribo una tarea que hacer. Con ese truco intento hacer mi tiempo infinito al modo de la aporía de Zenón: dividiéndolo sin parar para que Aquiles no alcance jamás a la tortuga. En microporciones, a mi jornada le cabe la oración, la lectura, las clases, la poesía, la filosofía, los niños y hasta la siesta; aunque, al final, las cosas se superponen y solapan, y todo se me termina embrollando. En macro, lo mismo pasa con las noticias, o terribles como la invasión de Ucrania, o cómicas como Juan Marín postulándose como dique de contención frente a Vox, u oscuras, como la marcha de nuestra economía, etc. Cuántas noticias, ay, caben en un solo día.

"Ah! que la Vie est quotidienne..." se quejaba Laforgue, al comprobar este agolpamiento de cosas que inspiró un poema de Miguel d'Ors donde lamenta que "el mundo es demasiado simultáneo". ¡Y tanto! Yo, cada cierto tiempo tengo que tirar a Zenón y a su tortuga por la ventana, y concentrarme en una cosa hasta acabarla porque, si no, el que no avanza no es Ulises, sino yo, "el tortuga".

La Iglesia, tan sabia, dio con una solución contra la simultaneidad y los solapamientos: el cónclave. O sea, encerrar a los cardenales bajo llave y bien incómodos para que arreglasen un problema sin distraerse con otros. En ese caso, la elección papal. Acaricio la idea de ciencia ficción de enfrentarnos a la complejidad del mundo mediante el método del cónclave, que tan bien me funciona en mis cosas. Si todo está mezclado, aprovechándose de la confusión, un tirano invade un país, un demagogo justifica su mal gobierno por la invasión, y un partido político se aprovecha del demagogo, y cambia su apoyo parlamentario por más dinero para su chiringuito, etc., todos pensando, más que nada, en su imagen en los medios y en las próximas elecciones. Uno de los males de nuestro tiempo es la dispersión, y no atañe sólo a los adolescentes, ojalá. Afecta a nuestros dirigentes de una manera alarmante.

Qué oportunidad para la paz sería encerrarlos bajo llave y a pan y agua y decirles: "No salen ustedes hasta que no se haya arreglado". ¿Ya? Bien, ahora vamos con la deuda pública… Con el problema de la natalidad… Con la inflación… Etc. Un problema tras otro.

Los líderes mundiales no se dejarán encerrar con sus responsabilidades, eso está claro. Aunque quizá pudiese servirnos, al menos, más atención a los retos reales.

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