La consistencia de la recuperación

EN los últimos días hemos conocido algunos datos económicos que confirman que nos encontramos en una clara fase de recuperación. El PIB del primer trimestre aumentó un 0,9%, lo que en tasa trimestral anualizada alcanzaría el 3,6%, y los datos del mercado de trabajo del mes de abril son de récord: el número de parados se redujo en 218.923 personas y los afiliados a la Seguridad Social aumentaron un 4,4%. Al calor de los buenos datos coyunturales, el Gobierno ha mejorado la previsión de crecimiento del PIB hasta el 2,9% para este año, mientras que otras instituciones prevén superar incluso el 3%. Ligeramente menos optimista es la Comisión Europea (2,8%), pero sitúa a España a la cabeza del crecimiento de los grandes países europeos.

Si bien es cierto que no se puede afirmar que hayamos salido de la crisis cuando aún mantenemos más de cinco millones de parados y la producción no ha recuperado los niveles anteriores a la crisis, después de cinco trimestres de crecimiento continuado e intensificándose, con previsiones unánimes de crecimiento para este año y el próximo, y con múltiples indicios que lo avalan (aumento del consumo y la inversión, aumento del crédito, comportamiento positivo de todos los sectores, aumento del crédito, mejora de la confianza de los consumidores y los empresarios), es para estar esperanzados de que estamos saliendo del cúmulo de desgracias y sinsabores de siete años de crisis económica profunda.

¿Cuáles son los factores que han impulsado la recuperación y que la hacen más intensa que en otros países de la UE? La pregunta no es ociosa, pues su respuesta nos ayudará a conocer la consistencia de la recuperación y, en su caso, a adoptar medidas para fortalecerla y hacerla sostenible. Los hechos económicos no suelen tener una sola causa, sino que son el resultado de la combinación de diversos factores, que podemos agrupar de la siguiente forma:

1) Efecto rebote. En las fases de recesión se deja de utilizar una elevada capacidad productiva, y es habitual que en los inicios de los procesos de recuperación unas condiciones favorables pueden provocar un crecimiento del PIB por encima del potencial, que es el que viene determinado por la dotación de factores de producción, y que el Fondo Monetario Internacional lo estima para España en el 1% a largo plazo. Por tanto, este efecto rebote sería temporal y, de hecho, todas las previsiones para 2016 son menos expansivas que para 2015.

2) Viento de cola. La coincidencia de factores externos favorables, tales como la depreciación del euro frente al dólar, la política expansiva del Banco Central Europeo o la intensa caída del precio del crudo están actuando a modo de "shocks asimétricos" coyunturales, pero a diferencia de los efectos asimétricos más negativos para España de la crisis financiera por nuestra dependencia de la financiación exterior, en este caso los efectos asimétricos son favorables a España por ayudar a desbloquear la financiación de nuestra economía, por favorecer a las exportaciones y al turismo y por reducir nuestra abultada factura energética.

3) Reformas internas. Aunque menos determinante de lo que el Gobierno enfatiza, algunas de las reformas abordadas en los tres últimos años están colaborando positivamente en la recuperación. Es el caso de la reforma del mercado de trabajo, que ha facilitado que se produzca la devaluación interna y la creación de empleo, la reforma del sistema financiero, que empieza a activar el flujo de crédito, o la rebaja fiscal, que estimula el consumo.

Las anteriores consideraciones nos obligan a ser prudentes con el recorrido de la recuperación porque se puede debilitar en poco tiempo, y porque viene muy condicionada por factores externos que pueden cambiar. Pero la mayor preocupación es que la recuperación se está produciendo con un descenso de la productividad y, como decía Paul Samuelson "la productividad no lo es todo, pero a largo plazo lo es casi todo". La evolución negativa de la productividad se sustancia en que el crecimiento se está produciendo principalmente en actividades como la construcción, el turismo y otros servicios basadas en empleos poco cualificados, mientras que el deseado "nuevo modelo productivo", basado en conocimiento, innovación tecnológica y más valor añadido, no termina de emerger y, por tanto, no logramos aumentar el potencial de crecimiento a medio y largo plazo. Para ello deben abordarse muchas reformas en las que coincidimos la mayoría de los economistas, como la del sistema educativo, la profundización de la reforma del mercado de trabajo, la aplazada reforma de las administraciones públicas y las mejoras regulatorias en orden a intensificar la competencia en todos los mercados, creando incentivos a la innovación, al redimensionamiento de las empresas y a la meritocracia. El problema es que las reformas no son rentables políticamente, máximo en un año con la intensidad electoral de 2015.

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