El lanzador de cuchillos

A costa nuestra

Cuando creemos que nos hemos librado de ellos, ahí están de nuevo, con sus sonrisas de charol y las manos en nuestros bolsillos

En España se tiene cada vez más la sensación de que los políticos le exigen al ciudadano sacrificios ilimitados, mientras (muchos de) ellos huyen a Suiza o a Panamá con sus bolsas de Vuitton cargadas de euros. Rajoy y los demás podrán decir misa, pero eso no mitiga la percepción de expolio en la cajera del Lidl que ve en lo de Piqueras el desfile diario por juzgados y cuartelillos de alcaldes, ministros y barandas autonómicos. Lo mismo da andaluces que catalanes, valencianos que madrileños, del PP que del PSOE: una ardilla podría atravesar España, de Gibraltar a los Pirineos, saltando de corrupto en corrupto. Eso sí, cuando les ponen un micrófono delante, todos aseguran "entender perfectamente el desánimo de la gente" y se muestran convencidos de la necesidad de "ser firmes para que el desapego de la sociedad hacia los políticos no vaya a más". Y cuando escucha eso, al ciudadano honrado, al currela, se le pone una cosa en el estómago, una especie de retortijón, tres segundos antes de soltar por la boca que el IVA lo va a pagar el Ministro de Hacienda con los cuernos y que en las próximas elecciones va a ir a votar Rita la cantaora.

Lo que pasa es que luego llegan las elecciones y el ciudadano honrado, el currela al que se la han clavado hasta donde pone Albacete, por no sé qué mecanismo defectuoso de la voluntad, vuelve a votar al político que se hace regalar los rolex, paga sospechosamente áticos al contado o distrae el dinero de los parados en su propio beneficio. Y como ellos lo saben, nos persiguen sin reposo desde todas las pantallas y da igual el periódico que pidamos al camarero, porque allí, en portada, siempre estarán retratadas sus jetas indecentes. Nos han prometido con el mismo desparpajo una cosa y su contraria. Los hemos visto jugar al futbolín, escalar montañas y bailar bachata como chonis de barrio. Les hemos pagado viajes en primera, almuerzos en Amazónico y siestas en el Palace. Y una tableta de la manzana, con la que se hacen los selfies que cuelgan en instagram, para restregarnos por el morro lo de puta madre que les va.

Cuando creemos que nos hemos librado de ellos cinco minutos, o más de diez meses, como aquel año que pasamos sin gobierno tan ricamente, ahí están de nuevo, con sus sonrisas de charol y las manos en nuestros bolsillos, dejándonos claro que tienen previsto vivir "a costa nostra" hasta que se subroguen en el pillaje los alevines de golfo que a estas horas se entrenan robando meriendas en el cole.

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