Una crisis universitaria peor que crónica

EL filósofo francés Michel Henry sostuvo hace tiempo que en nuestro tiempo se libra una densa y trascendente batalla entre la Cultura y la Ciencia, en beneficio inequívoco de esta última. La universidad en su conjunto parece haber tomado partido, y ésta es una de las razones de su zozobra humanística actual.

Veamos. La universidad española de los setenta era un hervidero de ilusiones culturales. Una nueva generación, nacida en los cincuenta cuando España comenzaba a comer a diario y el analfabetismo retrocedía con la universalización educativa, arribaba a la vida universitaria. Esa generación había visto en las televisiones fugaces imágenes del sesenta y ocho francés. Por instantes se había emocionado, haciendo causa común con aquellos estudiantes galos que protestaban contra el Malraux gaullista porque había cerrado la Cinemateca francesa, lugar donde cada noche sobre la pantalla soñaban con mundos poéticos otros.

Pero no todo eran ilusiones. Para quienes llaman los libros de Historia los "tecnócratas", su preocupación -acertada, como luego ha demostrado el devenir- residía en consolidar una clase media que sirviese de amortiguador de conflictos como los vividos en los años treinta por la radicalización de clases. Ahora bien, no dejaban de creer que estos nuevos universitarios no fuesen un problema presente y futuro. Su sentimiento frente a su irrupción era agridulce, sabor que a todas luces no apreciaban. En algunos cenáculos del tardofranquismo solía decirse "esto es dinamita", en referencia a los nuevos estudiantes. Y dinamita fue. A los dinamiteros se les desahució en la Transición. Mal negocio, ya que se tiró por la borda mucha energía e inteligencia. Francia, más cartesiana siempre, envió a sus sesentayochistas a una universidad periférica, la de Saint Denis, pero no prescindió de ellos. Faltaría más.

A lo que íbamos. Llegó la Transición, y medianías de toda sensibilidad política prosperaron al calor del consenso obligado. Se dictaron normas para el gobierno universitario hechas con poco criterio, y sin mirar alrededor, quiero decir, a los sistemas educativos y universitarios de países de más aliento democrático. Cierto que los universitarios, profesores y alumnos que quisieron salir a oxigenarse salieron con facilidad, pero nadie se ocupó de pedirles resultados ni de promover a su vera la excelencia verdadera.

A título de ejemplo, durante una visita de Javier Solana a finales de los ochenta cuando era ministro del ramo al Colegio de España en París, recién reabierto, después de haber sido quemado en los sucesos del 68, dio ánimo a los humildes becarios y profesores primerizos. Todos se sintieron orgullosos y reconfortados. Más de veinte años después, cuando ZP estaba en el poder, su secretario de Estado de Universidades volvió a reunir allí, en el mismo Colegio, a otra generación de becarios, y a un grupo de profesores consagrados. La brecha abierta entre unos y otros no era tanto de edad, ya que los becarios eran maduritos, ni siquiera de ciencia, sino de estatuto laboral y económico. Aquel secretario de Estado berreó algo así como que el problema era que la gente se dormía en los laureles, y que había que poner "incentivos". Sin darle mucho crédito a lo que decía el gerifalte socialista, alguien le espetó: "Señor mío, hace más de veinte años estuve aquí mismo, y teníamos entusiasmo, al menos algunos; ahora vuelvo, y se me caen las plumas del sombrajo. ¿No ve usted el panorama de becarios ya crecidos? ¿No constata usted que no hemos hecho ningún centro decente, de lo que se llama referencia, de alcance internacional?". Se ve que le dieron el desayuno al demagogo aquel con la pregunta de marras.

Hay quienes piensan, sobre todo en los rectorados de las mil y una universidades, que no está tan mal la educación superior en España. Sus criterios tendrán. Yo pienso que está mucho peor que lo que se dice, y no porque no aparezcamos en los rankings de Shanghái, que son literalmente un cuento chino, sino porque hay muy poco de lo que presumir… Desde luego, con esto no quiero echar más leña al fuego en la hoguera que ha encendido el ministro Wert, quien ciertamente ha laminado lo poco que destacaba, dejando a su paso a un erial. Pero hay que pensar seriamente, si bien pienso que ya no estamos a tiempo, que la quiebra del sistema universitario en España es de una profundidad extrema. Y es que no se cooptaron a los mejores a su debido tiempo, sino a los clientes de los clientes. Los mismos que cuando llegan a mandarines se consagran al conocido vicio español del clientelismo.

Los estudiantes tienen muchas razones para protestar y en una en la que no les va a faltar razón es que pagan mucho y reciben poco, poquísimo, a veces nada. Con lo cual los que pueden comienzan a abandonar lentamente nuestras aulas para hacer grados y posgrados en el exterior, más motivados que aquí, donde ministro tras ministro han apuntalado el pesebre las más de las veces ocultándolo con grandísimas palabras. Panorama nada halagüeño que me temo están pagando estas generaciones y lo sufrirán las futuras.

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