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El lanzador de cuchillos

Ni un cristo en los templos

El día que dejen de mirarse el ombligo quizá caigan en la cuenta de que los templos se van quedando vacíos

Leo en Diario de Sevilla que este sábado, por uno u otro motivo, salieron a la calle en la capital hispalense ocho hermandades, para lo cual hubo que movilizar a la policía, modificar el recorrido del transporte público, etc. En esta Andalucía nuestra, la calle ya no es de Fraga, que en paz descanse, sino de las cofradías y archicofradías, pontificias o no, reales o republicanas, muy antiguas o menos. Y de las terrazas de los bares, pero eso es harina de otro costal.

¿No querías caldo? Pues toma tres tazas. ¿Quién dijo que todo el año era carnaval? No, de un tiempo a esta parte, lo que es todo el año es Semana Santa. Cuando no hay un besamanos, hay un quinario, y cuando no, un traslado o una coronación. Y luego está el tío que controla con precisión de relojero suizo cuándo se cumplen los veinticinco, cincuenta o cien años de cualquier tipo de efeméride que justifique poner un paso en la calle, con su correspondiente presentación de cartel, pregón-concierto y rosario de la aurora. Siempre hay una excusa para rescatar la morcilla y la sudadera, calzarse las segarra y echarse a Cristo y/o su Santa Madre a hombros para pasearlos por nuestros pueblos y ciudades, con gran aparato de percusión y de trompetas.

La cosa ha derivado en un auténtico desmadre. Entre hermandades de gloria, procesiones de impedidos y cofradías piratas, raro es el día del año que no se monta un Cristo… en sus andas. Por supuesto, la religión es lo de menos. Algo accesorio, secundario. Se trata de echarse a pelear, a ver quién la tiene más larga, a ver quién sale a la calle más veces, a ver quién machaca más las meninges del sufrido viandante con setecientas mil nuevas marchas de tambores y cornetas. La Semana Santa exportada al resto del año, transformada simultáneamente en producto de consumo y espectáculo narcisista, de autocelebración de las cofradías, a mayor gloria de diputados de gobierno, mayordomos, fiscales y consiliarios. Como me dijo una vez un amigo capillita, se ha vuelto todo tan fatuo que el plumerío de los romanos se ve, muchas veces, más que el Cristo.

Alguien debería embridar este caballo desbocado y plantearse volver a lo que Antonio Burgos llamó "los días iluminados del gozo y la intimidad". Las hermandades albergan un extraordinario patrimonio artístico y realizan una encomiable labor social, pero todo eso no se entiende sin el pellizco de la fe. El día que dejen de mirarse el ombligo quizá caigan en la cuenta de que, mientras desfilan y desfilan por las calles de Andalucía, los templos se van quedando vacíos.

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