La colmena

Magdalena Trillo

mtrillo@grupojoly.com

Los culpables de los rebrotes

Si Granada fuera Madrid, hoy no hablaríamos sólo de jóvenes y bares, tendríamos otra crisis abierta en los tribunales

Fotos de los bares de Granada cerrando a las 22:00 horas Fotos de los bares de Granada cerrando a las 22:00 horas

Fotos de los bares de Granada cerrando a las 22:00 horas / Jesús Jiménez / PhotographersSports

Me hubiera gustado creer a Elías Bendodo cuando el martes compareció delante de los periodistas para asegurar que la situación de la pandemia en Andalucía evoluciona mucho mejor que en España, convencernos de que la Junta tiene un plan -"sabemos perfectamente qué hacer"- y que, en el caso de Granada, la receta pasaba por poner el foco en la Universidad: suspender dos semanas las clases presenciales como mal menor para evitar el cierre de la ciudad. El silogismo estaba claro: el preocupante foco de propagación del Covid está en los jóvenes, la forma de resolverlo pasa por cerrar las aulas y la conclusión debería ser la contención de los contagios. Ojalá hubiera llevado razón. Pero fue un error mayúsculo. Y han bastado tres días para comprobar que ni el diagnóstico era acertado ni la propuesta de medidas iba a ser la adecuada (a la defensiva por cierto y condicionada por llamadas de presión desde Granada para no tocar la hostelería).

En una ciudad como Granada, ¿se echa el candado a la Universidad y se dejan abiertos los bares de copas? Si la pandemia tuviera una causa identificable y atacable, si la pudiéramos contener criminalizando a un colectivo concreto como los jóvenes, no llevaríamos ocho meses dando bandazos, modificando criterios y preguntándonos qué estamos haciendo mal. Pero nada hay en esta pandemia que responda al esquema sencillo de la causa-efecto y mucho menos que pueda abordarse con medidas timoratas.

Toda Europa ha alcanzado ya el rojo por el descontrol del coronavirus con récords absolutos de contagios y con medidas restrictivas que van del toque de queda nocturno decretado en Francia al cierre de bares en Alemania con tasas de sólo 50 casos por 100.000 habitantes o la declaración del estado de calamidad en Portugal. Tuvimos que aprender que las mascarillas eran imprescindibles, ahora sigue siendo un desafío elegirlas bien y aprender a colocárnoslas y nos está costando asumir que los tratamientos milagro son como todos los milagros, un espejismo, y que todavía nos queda una travesía del desierto de al menos "seis meses" para que alguna de las vacunas en marcha puedan generalizarse con cierta efectividad.

Si Granada fuera Madrid, hoy no estaríamos debatiendo sólosi tienen más culpa los jóvenes o lo bares (¿fue antes el huevo o la gallina?); también tendríamos un frente abierto en los tribunales. La decisión de cerrar la Universidad conculcaba la autonomía de la institución, como advirtió la rectora Pilar Aranda nada más anunciarse el plan para Granada y como se asumió en San Telmo desde el minuto uno. Por eso se pactó el BOJA extraordinario reduciendo la suspensión de clases a diez días (siete lectivos) y, porque ha habido generosidad y finalmente sensatez por las dos partes, no estamos ahora en una guerra cruzada entre Granada y Sevilla.

Se agradece que no nos distraigamos con otro embrollo jurídico más. Y se agradecería aún más que hubiera transparencia real en los datos (el propio consejero Aguirre reconoció el viernes que una cosa son las cifras que nos cuentan y otra lo que a nivel interno manejan) y una unificación de criterios en la toma de medidas. Sanidad acaba de anunciar una especie de barómetro aplicable a todas las comunidades para determinar las restricciones pero otra vez llegamos tarde, sin consenso previo y con la segunda ola de la pandemia sin control. Buscando culpables en lugar de soluciones.

No se crean que es un mal nacional. En Alemania, la cadena Deutsche Welle ha sorprendido esta semana con su relato de por qué el Covid está golpeando tan fuerte a España. Se desmarca, eso sí, del discurso interesado que han venido alimentando algunos de los periódicos globales de referencia -todo es culpa de la gestión del Gobierno (frankenstein) de Sánchez- echando la vista atrás: a las debilidades que arrastramos en un país con un nivel de vida similar al germano y unos salarios de mileuristas, con un mercado negro consolidado en la economía y unas "ciudades sobrepobladas" que se han convertido en un auténtico polvorín de contagios. Subyace aquí un poso de tópicos que podríamos desmontar pero también hay realidades difíciles de cuestionar. Por aquí podríamos empezar: por diagnosticar bien el problema y entender que la responsabilidad es tan líquida y resbaladiza como el Covid.

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