El dedo de la vicepresidenta

Les juro que creía que estas prácticas ya no se hacían o por lo menos estaban remitiendo en nuestra democracia

Estaban los de Jaén ilusionados por que se iba a instalar allí una base logística del Ejército cuando vino la vicepresidenta de Gobierno y poniendo su dedo índice sobre sus partes pudendas dijo en el más puro lenguaje granaíno: "Esta base, pa mi polla". Y se la ha llevado a Córdoba, provincia de la que es nativa. Y ni siquiera se ha escondido para hacerlo. Es más, se ha jactado. De ahí que mis paisanos anden estos días revueltos, con manifestaciones y declaraciones en los periódicos diciendo que no hay derecho a que vengan la Calvo en plan cacique y cambie los planes de una ciudad, sobre todo si esa ciudad ha sido ninguneada y maltratada históricamente por las administraciones. "¡Eh! ¡Estamos aquí!", gritan los de Jaén.

Yo les juro solemnemente que creía que estas prácticas ya no se hacían, o por lo menos estaban remitiendo con el discurrir de nuestra democracia. Me refiero en esas prácticas en las que un político de turno aprovecha el poder que tiene para beneficiar al pueblo o a la ciudad en la que ha nacido en detrimento de otros pueblos u otras ciudades mejor situadas o con más necesidad. Me acuerdo de que cuando era niño los habitantes de la comarca en la que vivía envidiaban tener un alcalde como el de La Carolina porque, aprovechando su cercanía con el Régimen, conseguía para su pueblo casi todos los proyectos industriales y empresariales que se ponían sobre la mesa. Aquí en Granada, sin ir más lejos, todo el mundo celebró durante la dictadura que Antonio Gallego Burín fuera nombrado director de Bellas Artes para traerse a su ciudad el Festival de Música y Danza. Y si a Natalio Rivas alguien le mandaba un jamón conseguía las prebendas que a otro le negaba. A un político con asiento en cualquier parlamento se le pide que trabaje y que consiga cosas para la demarcación por la que ha sido elegido. Eso es correcto. Pero si ese político ocupa un puesto de responsabilidad tal que de él depende la gobernabilidad de un país y se aprovecha de su cargo para influir subjetivamente en una decisión, el asunto parece más extraño. Chirrían las ruedas de la ética y de la equidad política. Y a eso se le llama vulgarmente 'gobernar a dedo'.

Así que, señora vicepresidenta, la próxima vez que quiera usted utilizar el dedo para darle placer a su ego, métaselo en alguna parte de su cuerpo que éste destinada a ello: por ejemplo, en la nariz.

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