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El lanzador de cuchillos

El diablo en Navidad

Hoy no estoy para políticos agrandados, opinadores fatuos ni narcisistas del terruño. Sólo puedo pensar en Laura

Leo en este periódico que el Partido Popular y Ciudadanos, después de un tira y afloja un tanto sobreactuado, empiezan a poner nombres al ejecutivo del cambio en Andalucía: por el PP suenan Bendodo, Oña y la exministra Báñez; por parte de los naranjas, Javier Imbroda, exseleccionador nacional de baloncesto. ¿Será un gobierno de altura?

Cuenta otro diario que Serrat tuvo que interrumpir un concierto en Barcelona para aclararle a un idiota que le exigió cantar en catalán que él canta en la lengua que le sale de los cojones y que eso no es incompatible con defender Cataluña de, entre otros, los individuos obtusos y totalitarios que han proliferado en esa tierra como setas del Ripollés.

Otra publicación, en sus páginas de sociedad -el nombre solemne del cotilleo de toda la vida-, dice que Lady Di le pedía a su mayordomo personal que le comprara revistas X a sus hijos "para que crecieran con una buena visión del sexo opuesto". Parece que Diana Spencer no alimentaba deseos regios, sino sueños húmedos de milf.

Me tengo que frotar los ojos para dar crédito a lo que leo en el digital de El País. Al parecer, unas 3.000 personas reclamaban en la Plaza de Sant Jaume de Barcelona justicia para una perra abatida de un disparo por un agente de la Guardia Urbana; empezaron gritando "asesino" y acabaron lanzando objetos contra la línea policial y montando un pollo de no te menees. La pobre perra se llamaba Sota y seguramente era más lista que el guardia urbano que la tiroteó y que los 3.000 flautistas que se arrogaron su defensa.

Los tertulianos de la radio se enfrascan en una discusión altilocuente sobre Sánchez, Torra y los CDR. A los cinco minutos ya están liados, a grito pelado también, con la caja b del PP y el chófer de Bárcenas. Pero me importa un carajo. Como me importan un carajo Amaia, Alfred, la baja de maternidad de Iglesias y que Cataluña esté, últimamente, hasta la bandera -estelada, por supuesto- de tontos y de colgados. Porque esta semana sólo tengo en la cabeza -no logro quitármela de encima- a la pobre Laura, la joven profesora zamorana a la que la crueldad humana y una mala suerte atroz le han arrebatado la vida que no merece vivir su asesino. Hoy no estoy para políticos agrandados, opinadores fatuos ni narcisistas del terruño. No me vengáis con altercados tuiteros ni debates de medio pelo. Sólo puedo pensar en la tragedia de esa muchacha que la otra tarde, cuando salió de su nueva casa para comprar en el súper, desconocía que, a las puertas de Navidad, quien estaba esperándola era el mismísimo diablo.

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