El río de la vida

Dos días sin móvil

Durante ese tiempo me sentí tan libre, tan tranquilo, que cuando fui a recogerlo experimenté cierto fastidio

El otro día, en uno de mis despistes habituales, me arrojé a la piscina con el móvil en el bolsillo del bañador. Me di cuenta de la tropelía nada más entrar en el agua. Inmediatamente me salí, lo apagué e intenté secarlo con una toalla. Luego lo puse un rato al sol. Intenté encenderlo y el aparato daba como señales de vida, pero no conseguía funcionar. Lo llevé a una tienda especializada en móviles. Me atendió un joven que, al explicarle lo que me había pasado, puso esa cara que pone un médico cuando le entra un paciente en las últimas. El chico abrió el móvil y dejó al aire todas sus tripas. Cogió un destornillador pequeño y estuvo hurgando pacientemente por las entrañas del aparato. Luego cogió un cargador de móviles e introdujo la pestaña en el orificio de carga. Lo hacía todo despacio, muy meticulosamente, como ese cirujano que le está trasteando el corazón a un paciente abierto en canal. En un momento determinado pensé que iba hacerle el boca a boca. No decía nada. Yo esperaba su veredicto como aquel familiar de un enfermo que espera que el médico de guardia le informe sobre la gravedad del ingresado. De pronto, me miró con ojos lastimeros y soltó.

-Lo siento. Esto es grave.

Me sentí fatal, de pronto convertido en un asesino de móviles.

-¿Y no tiene curación posible? -le dije.

-Por lo pronto habría que ponerle un puerto USB nuevo porque el que tiene se ha dañado con la humedad.

-¿Cómo un trasplante?

-Sí. Y luego ver cómo evoluciona.

-¿Cuánto duraría la operación?

Me di cuenta de que nuestra conversación había entrado en ese argot que solo se practica en los hospitales. Empecé a rezar a todos los santos posibles para ver si podía salvar a mi móvil. Ahí estaba todo: mis contactos, mis fotos, mis notas… Hasta mis neuronas. Yo creo que cuando nos muramos no habrá que hacernos a nosotros la autopsia, con hacérsela al móvil es suficiente. El chico pareció leer mis pensamientos y dijo:

-No se preocupe. Todo está en la tarjeta de memoria y esa está bien. Déjemelo y venga dentro de un par de días.

Total, que estuve algo más de 48 horas sin móvil. Durante ese tiempo me sentí tan libre, tan increíblemente tranquilo, que cuando fui a recogerlo experimenté cierto fastidio al decirme el chaval con cierta euforia:

-Aquí está, hemos conseguido salvarlo.

Entonces pensé como aquel del chiste al que un médico le dice que ha conseguido salvar a su suegra: Maldita sea.

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