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El dilema naranja

A Albert Rivera le llueven las presiones para acercar su partido a un acuerdo de mínimos con el PSOE

Como se preveía tras el desenlace (previsible) de las elecciones, a Albert Rivera le llueven las presiones para acercar su partido a un acuerdo de mínimos con el PSOE que garantice un período de estabilidad en esta nueva legislatura. Empresarios fuertes del Íbex, catedráticos reputados con púlpito en El País, hasta significados personajes de su partido ya asentados en Bruselas abogan por anteponer la pragmática a la retórica de un liderazgo del centro derecha tan forzado como lejano. Leyendo y escuchando algunas cosas, diríase que el capitalismo campante, o sea, el dinero, quiere forzar a la pareja a casarse, aunque sea a modo de matrimonio de conveniencia.

Lo que demanda este país en la delicada situación actual, proclaman, es la consolidación de las políticas sociales y económicas moderadas en un contexto pro europeo que bien podría (¡qué remedio!) llevarlas a cabo un camaleón como Sánchez con cualquiera de esos ministros de la nueva ola social-capitalista que tanto le gustan, apoyados por los liberales de Ciudadanos en el congreso. Lo que viene siendo un partido bisagra de manual, un poco al estilo alemán que por aquí tan poco se frecuenta. No cuesta mucho imaginar la cara de felicidad de tanto preboste con traje de franela y colonia de Christian Dior apurando la copa en cualquiera de los reservados alfombrados de la Castellana sólo con pensar en tener a los indepes a buen recaudo mientras Pablo Iglesias bastante tiene con afanarse cambiando pañales en el chalet de Galapagar.

¿Entrarán los naranjas a este trapo? Yo creo que no. A pesar de las debilidades cada vez más visibles de Ciudadanos como alternativa sólida al Partido Popular, la apuesta de Rivera por posicionarse al lado derecho de la balanza ideológica imaginaria caería con estrépito nada más anunciarse cualquier cosa que suene a acuerdo con los socialistas, esos que hasta hace un cuarto de hora pocos menos que iban a cargarse España. Como anunciaban con poco ánimo el lunes, lo previsible es apuntalar la gobernabilidad con la derecha en Madrid sorteando de aquella manera su teatralizado rechazo a Vox, dejando en manos socialistas territorios menos comprometidos.

No es gran cosa, desde luego, pero los resultados tan poco dan para mucho más, y el edificio del bipartidismo tiene la estructura más sólida de lo que parece. Y no sería Rivera el primero en despeñarse por su fachada.

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