valor añadido

Carmen Calleja

La dosis de ahorro

RUBALCABA ha dicho que "ahora hay dudas razonables de que nos estamos pasando en la dosis de ahorro", autocrítica que le honra. Pero el candidato debería ser más pedagógico y matizar su afirmación.

El gasto a base de deuda es en sí mismo el comienzo de un considerable riesgo. El gasto público puede ser un poderoso instrumento de progreso y de redistribución de rentas. Pero, para que no se convierta en una carga insoportable, debe nutrirse de un nivel de ingresos equivalente, o de un recurso al préstamo con capacidad de devolución con futuros ingresos, a ser posible ordinarios, y no con deuda futura.

Una matización ineludible es la de qué tipo de gasto público se trata. Damos por supuesto que hablamos de gasto útil (sanidad, educación, investigación, infraestructuras necesarias y asistencia social, por ejemplo). Pero la realidad es que hay gasto público, mucho, perfectamente prescindible porque no atiende a necesidades públicas incuestionables. Dos capítulos están claros: los gastos en la propia organización (cargos públicos, asesores y demás colaboradores; gastos protocolarios y de supuesta información al ciudadano; metástasis de órganos administrativos, etcétera); y los gastos acordes con la época de bonanza que se mantienen, contra toda lógica, cuando se acabó la fiesta.

Los recortes que la crisis ha traído no responden a una jerarquía basada en la utilidad relativa de los gastos públicos. Lo habitual es que se acuda a los más fáciles de hacer y a los que afecten a una mayoría de ciudadanos porque de esta manera se obtiene una mayor cifra en los euros ahorrados. Suprimir administraciones, órganos y organismos tropieza con la resistencia de los afectados… y con el coste dentro del partido político respectivo que tiene colocados a sus efectivos en ellos. Pero rebajar un 5% al funcionariado implica a una ancha base y se hace desde una posición de dominación que facilita la operación.

La derecha gobernante ha recortado en lo último a tocar, como la sanidad. O gasta en lo que no es de primera necesidad como subvencionar con 900 euros por alumno a los padres que, porque pueden pagarlo, llevan a sus hijos a un colegio estrictamente privado.

Hay que explicar que el gasto público es conveniente, si es justo y adecuado; que el déficit que no se paga con ingresos generados por la sociedad beneficiaria, carga nuestros gastos actuales a generaciones venideras; que la recaudación tributaria, debidamente definida, es buena si se aplican bien esos recursos; y que el gasto público, y sus recortes, los hay buenos, malos y regulares.

La verdad debe ser dicha con todos sus matices. Sólo así recuperarán los políticos la credibilidad y el votante podrá valorar las distintas opciones.

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